jueves, 5 de noviembre de 2020

Miriam

 




Miriam Esther LÁREZ

Caracas, 5 nov. 1945

Hija mayor de Juana Evangelista LÁREZ MORENO (1921-2008)



Miriam, mi madre, en esta foto está cumpliendo 50 años, y hoy aún la oigo diciendo que era una cantidad enorme de años. Sin embargo, cómo se le nota que está joven y sana, sonriente y rodeada de la gente que más la quiere. Hoy, que cumple 75, habrá otra foto, en la que faltaremos varios, pero, gracias a Dios, habrá otros que no habían nacido hace 25 años.

Lo más difícil que he hecho este año es ponerme a escribir esta columna porque sé que, en estas circunstancias, las palabras no suelen atrapar todo lo que uno siente.

Aunque parezca extraño, Miriam Lárez nació en Caracas. No me imagino que hacía mi abuela en Caracas en esos días (y nunca se me ocurrió preguntarle), pero se sabe que 18 días antes había habido un golpe de Estado, y en esos casos, para esperar que las cosas se calmen, es mejor quedarse casa (tampoco conviene mucho cruzar el mar con la barriga llena de gente). El golpe, además, estaba encabezado por Rómulo Betancourt, que no era cualquier golpista, ¡era Rómulo Betancourt!

Hubo, por cierto, una campaña electoral en que los adecos se promocionaban en televisión por medio de una margariteña que decía: "Del lado del corazón donde tengo a mis hijos, ahí tengo a Acción Democrática". Cuando yo estudiaba en Caracas, llamaba a mi mamá casi todos los días y en una de esas llamadas, al final de la conversación, al despedirse de mí, para decirme lo mucho que me quería, ella me recitó emocionada: "Del lado del corazón donde tengo a Acción Democrática, ahí tengo a mis hijos".

Todos sabemos que de joven Miriam Lárez hablaba fuerte, que en momentos de disgusto, su voz era como un trueno, pero que un instante después del estruendo, se podía desgranar en una lluvia de llanto. Pura fachada: por fuera, muy recia y muy firme, y por dentro, blandita como una fruta madura.

Miriam Esther, sin embargo, ha tenido que llorar mucho y en serio. El 1° de marzo de 1974, fue lanzada a un horroroso mar de dolor, cuando murió mi hermana Elizabeth acabando de cumplir dos años. En aquellos días, recuerdo yo, no hablaba sino que lloraba, no respiraba sino que lloraba, no vivía sino que lloraba. Muchos días, muchos días. Una mañana yo me desperté antes que ella, y minutos después supe que ella había despertado porque comenzó a llorar y a llorar, y toda la mañana estuvo llorando. Pero después de vientos y huracanes, llegó a la orilla. Fue valiente.

Y el 25 de diciembre del 2007, perdió otro hijo. Golpe duro como una montaña que le cayera a uno encima una mañana, nada más despertar... avalancha fortísima como un río crecido que se lleva todos los árboles, todas las piedras, todos los puentes. Augusto, el padre de Margareth, tuvo el fraterno deseo de ahorrarle dolor a mi mamá y le propuso que se quedara en casa, que no fuera al entierro, y ella le respondió, ya en el jardín de la casa: "No, Augusto González, yo acompaño a mi hijo hasta lo último". Qué fuerte es mi mamá.

A Miriam de vez en cuando la saludan personas que ella no reconoce o no recuerda. No es mala memoria, sino que cuando se ha sido maestra de preescolar durante 34 años, es poco probable que recuerde los rostros de mil doscientos niños, pero además, estos niños crecen y traen a sus hijos a la misma escuela en que ellos estudiaron. Puede ser que ella no los reconozca a todos, pero ellos todos, niños y padres (¡y abuelos!) la recuerdan y la saludan y la abrazan, como si fuera parte de sus familias.

Hace un tiempo conté en otro blog que un vez una de mis alumnas me preguntó: "¿Cuál es el idioma más bonito del mundo". En los libros con que yo estudié no dice esa respuesta, pero yo pensé en mi mamá, y le respondí a esta niña: "La lengua más bonita del mundo es la lengua en que nos canta nuestra madre mientras nos amamanta". Y dije al final que mi idioma se llama Miriam.

Mi mamá es también mi único partido y mi única heroína. Y tengo su voz y su mirada y su rostro dibujados en los dos lados del corazón.


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