lunes, 31 de agosto de 2020

María



 



María Albina LÁREZ MORENO

(Juan Griego, 10 abr. 1915 / Cabimas, 17 ago. 1988

Tercera hija de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)

y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)

 

        Tengo varias fotos de mi tía María. Elegí esta porque en esta está con Maité, y Maité parece ser la más absorbente respecto a las historias que mi tía debe haber pasado la vida contándoles a sus nietos... como me sucede a mí con las historias que se pasó la vida contando mi abuela Juanita. Lo que no conservo en mucha cantidad es recuerdos de mi tía María. Sólo la recuerdo de aquella vez que fui a Cabimas, a los 12 años; algunos instantes, brevísimos; no recuerdo haberla visto nunca en Margarita.

        Aquella mañana, tempranísimo, siempre sentada, ella conversaba y conversaba con mi abuela en la casa de Elizabeth y yo escuchaba y escuchaba. Me atraía la palanca del mecanismo para cerrar la ventana de la cocina, que no creía haber visto antes, y me llamaba la atención el espacio lleno de árboles del otro lado de la calle; pensaba que quería caminar por entre aquellos árboles. Y entonces, entre comentario y comentario, de repente, mi tía preguntó por mí. Y dijo que estaba muy callado. “¿Siempre es así?”, le preguntó a mi abuela. “Sí, él es así”. Ahora mismo estoy recordando que pensé que en todo el Zulia no conocía yo a nadie y que no había tenido oportunidad de intervenir en aquella conversación, que, además, pertenecía a dos conversadoras con cincuenta años más de entrenamiento que yo. En algún momento mi tía me dijo, como para conocer mi voz: “Di algo, mijo”. Y yo pasé unos tres segundos pensando qué decir. Y dije: “Algo”. Y ella se deshizo en carcajadas y pasó como un cuarto de hora riéndose y repitiendo: “Di algo. Algo”. Y si llegó alguien a la casa en el resto del día, se lo contó y a cada rato volvía a hacerle gracia y volvía a reírse.

        Por lo que yo oía decir a mi abuela como hermana, pero también lo que le oía a Omaira como hija, y lo que oigo decir sobre todo a Maité y a Marieliza como nietas, a Marialba como bisnieta y otros que hablan de ella, algo dentro de mí me dice que la conocí siempre, que seguramente la habría podido tratar como a mi propia abuela y que, de visitarla con más frecuencia, sentados los dos juntos en el porche de Antonia o en la cocina de Elizabeth, nos habríamos querido mucho y nos habríamos reído un mundo y parte de otro.

 


martes, 25 de agosto de 2020

Juan Griego






Juan Griego
Alrededor de 1545

        Esta es la foto más antigua de Juan Griego que tengo. Es de 1897, de modo que si fue tomada antes de noviembre, Andrés Avelino Lárez tiene diez años de edad, y si fue antes de septiembre, Francisca Josefa Moreno tiene apenas cinco. Nueva Esparta pertenece al histórico Gran Estado Miranda, junto con Aragua, Guárico, el propio Miranda y el departamento Vargas. Cipriano Castro aún no ha llegado al poder, pero ya lo está cavilando, y la lejana Maracaibo, desde hace casi una década, es la única ciudad que disfruta del servicio de electricidad en los Estados Unidos de Venezuela.
        Aunque parezca otra, esta es la mismísima iglesia de san Juan Evangelista en que muchos de nosotros han sido bautizados y hemos bautizado a nuestros hijos. Las diferencias en la fachada se deben a una remodelación que se emprendió cuando finalmente, una vez llegado el siglo XX, se pudieron reiniciar los trabajos para concluir las dos torres. Las personas que se aglomeran frente al templo parecen haber asistido a la misa en un domingo de mucho sol. Todos visten ropas sencillas, y el terreno es árido, sólo hay dos arbustos, uno de ellos ha perdido todas las hojas. Por la derecha, pintada de blanco, está la casa donde en 1916 va a nacer Modesta Bor.
        Juan Griego no tiene partida de nacimiento, es decir, no vino un conquistador a decir, como en el caso de las ciudades grandes: “Proclamo en el día de hoy, en nombre de Dios y del rey, que en adelante esta orilla de playa se llamará...”. No se sabe en qué día comenzó a formarse porque se presume que Juan Griego se formó a partir de una sola persona que decidió hacer un rancho —o quién sabe si una casa grande— en algún punto de la bahía... y nadie se lo impidió.
        Esta persona se llamaba, precisamente, Juan Griego: su nombre era Juan y su apellido era Griego. Había llegado a Margarita con dos hermanos y se ganaban la vida de una manera más bien indigna y reprochable, pero, con la excepción de Bartolomé de las Casas, en esa época eso era lo que hacía todo el que ponía el pie en América. Juan, Antonio y Fernando Griego, hijos de Alonso e Inés, sevillanos, traficaban con esclavos negros e indios. Los traían y llevaban a Santo Domingo, y los llevaban y traían a Margarita según hiciera falta. A Juan, que según el Archivo General de Indias salió de su ciudad natal en 1539, parece haberle gustado la arena y la luz de la bahía y se estableció ahí. Siendo traficante de esclavos, debe haber hecho dinero, y por tanto debe haber tenido servidumbre. No se sabe si tuvo descendientes, pero si los tuvo, que es lo más probable, deben haberse apropiado terrenos a lo largo de la playa y tierra adentro. Y deben haber heredado también sus esclavos y barcos negreros. Los sirvientes libres de Griego deben haberse construido también humildes viviendas cerca de la casa del amo. Y al morir él, todos ellos y sus descendientes deben haberse quedado en la bahía.
        Y así, creciendo muy lentamente, deben haber pasado cien años, doscientos. Y entonces construyeron un par de calles. Y una plaza. Y un muelle, que en 1816 estaba ahí para recibir a Simón Bolívar, que venía de Haití. Y un fuerte militar. Y mucho más tarde, en 1863, la iglesia. Y después, el edificio del Concejo Municipal. Y al contrario de lo que pasa en las ciudades normales, ninguno de ellos está alrededor de la plaza, que no se llama Bolívar sino Arismendi.
        En este Juan Griego, silencioso y asaetado por el sol, crecieron el Mestro y Chica. Quién sabe si entre los niños y adultos que esta mañana posan para el fotógrafo estén ellos, quién sabe si ya se conocen o si ese niño que se apoya en el árbol es él. Probablemente se casaron en esta iglesia y bajo este sol tuvieron a sus hijos, tantos hijos como las arenas de la playa, que somos nosotros.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Facunda







Facunda Bautista LÁREZ MORENO
(Juan Griego, 24 jun. 1917 / Juan Griego, 7 sep. 1998)
Cuarta hija de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)
y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)


        Mi tía Facunda nació el día de san Juan, el que bautizó a Cristo, y fue enterrada el día de la Virgen del Valle, su madre. Si se hubiera dado cuenta de eso, habría comentado: “Dios es el hombre más inteligente del mundo”. La historia de mi tía se puede escribir entrecomillando una tras otra los cientos de frases singulares que decía todos los días. Nada tiene de extraño, porque su nombre significa, precisamente, ‘fácil y desenvuelto en el hablar’.
        En esta foto, aún no es demasiado mayor, está lúcida y conserva su alegría. No sé quién es el bebé, pero aquí se la ve, gracias a Dios, rotundamente sonriente frente un aspecto de la vida que nunca le sonrió: el de la maternidad. Mil veces la oí, en esta misma casa, contar de su viaje “a Demerara, la Guayana Inglesa” para probar tratamientos que le permitieran tener hijos —todos infructuosos—. El hospital, las enfermeras, lo que comía y bebía, los árboles, la luz, los carros, todo lo describía. A veces, cuando comprendía que era un asunto serio, yo sólo hacía alguna pregunta.
        La primera vez que ella se tomó en serio mis bromas fue cuando yo estaba como en quinto grado. Llegué con mi mamá a su casa del final de la calle La Marina, y ella, siguiendo la costumbre de su niñez, me hizo la señal de la cruz y me extendió la mano para que se la besara. Yo recordaba haberlo hecho antes, pero esa vez pensé en hacerle una travesura nueva: me incliné para besarle la mano, pero en lugar de los labios, le puse los dientes. Ella retiró la mano rápidamente y, con los ojos desorbitados, me acusó con mi mamá, mientras yo me reía.
        Cuando tuve la edad en que, según ella, uno podía tomar café, me permitió ir a su cocina y servírmelo yo mismo, pero pronto comencé yo a provocarla sentándome junto a ella en su jardín, taza en mano, revolviendo el café con un lápiz. Entonces iniciaba su retahíla de consejos: “Estás jugando con la leche del chivo, Agardo, mira que esa vaina que le ponen a los lápices para escribir es veneno”.
        Cuando murió Alejandro, su esposo, cuya vida contaba todos los días de cabo a rabo, nada volvió a ser lo mismo para ella. El mundo se le volvió espinoso, y yo me hice más y más fastidioso para su ojo de abuela sin nietos. “Córtate el pelo, muchacho, ¿no te da vergüenza?, ¡¿cómo Miriam te deja salir así pa la calle?!, voy a hablar con Juanita pa que te ponga remedio, ¡amárrate los zapatos, sinvergüenza!, ponte pantalones largos, por el amor de Dios y de la Virgen, ¡que ya no eres un bebé de pecho!”. Ahora lo pienso y creo que no hacía bien en decirle en medio de aquella catarata de correcciones: “Tía, hace una semana que no me baño, ¿pa qué me voy a cambiar los pantalones?”. Entonces me lanzaba: “Mejor hubiera parido Miriam un caldero, lo estaría alquilando, pobre mujer, ¿este es el que la va a sacar de abajo? ¡Mejor está el padre en Roma, aunque no coma!”.
        Yo crecí jugándole bromas a mi tía Facunda, quizá alguna vez se me pasó la mano y en casi todas consumí toda su paciencia. Nuestra relación fue así hasta que, ya adulto yo, comprendí que sus pensamientos habían perdido la señal que la conectaba con los que la rodeábamos. De cuando en cuando me acuerdo de tantos episodios, y me dan ganas de aparecerme en su casa, sentarme con ella a mirar la tarde de Juan Griego, escuchar sus correcciones desesperadas: “¡No revuelvas el café con el lápiz, hijo er diablo, te vas a envenenar!”. Y con los ojos ya húmedos, río y río y río con su memoria, como en los viejos tiempos.

lunes, 10 de agosto de 2020

David






David Luis LÁREZ
(Juan Griego, 26 jun. 1959)
Segundo hijo de Luisa Magdalena LÁREZ MORENO (1931-2005)




        El muchacho calvo y con lentes que aparece en esta foto es quizá el descendiente más famoso de Andrés Avelino y Francisca Josefa. Es por lo menos el único que aparece en la historia del cine venezolano. En 1978, mi primo David participó en la película Simplicio, dirigida por Franco Rubartelli, que, según algunos críticos, fue la más taquillera de ese año en toda Venezuela.
        Yo apenas recuerdo vagamente el momento de gloria de Simplicio, pero en mi casa se vivió la alegría de saber que alguien de nuestra familia había hecho algo importante y que estaba siendo reconocido por ello. Todos querían ir a ver Simplicio, para ver en la pantalla grande a David, todo comentaban sobre los escenarios de Margarita, todos decían con orgullo que ahora teníamos un primo artista.
        Mi abuela sentía un cariño grande por David. Todos los sábados, después de ir al cementerio, pasábamos por su casa, que era también la de ella y la de todos. Mi tía Luisa fue la única que vivió siempre y murió en aquella casa, la Casa de los Viejos, y ahí crió a sus hijos: Salvador, David y Simón. La fe que le tenía mi abuela a los estudios la hacía animarlo a no abandonar la escuela. De hecho, en primer año de bachillerato fue su representante en el Liceo Juan de Castellanos.
        El éxito de Simplicio fue seguido por el de Tiznao (1983, de Dominique Cassutto y Salvatore Bonnet), que, sin embargo, no fue tan grande como merecía. “Hubiera sido mayor”, me dijo David el mes pasado, “si no hubiera coincidido con E.T.; pero a pesar de eso ganamos premios en Venecia y en San Sebastián”.
        David siguió trabajando con Rubartelli en publicidad, que era su nación de origen. En 1986, la grabación de un comercial de American Express los trajo otra vez a Juan Griego junto con una de las mujeres más bellas del mundo de la moda: Margaux Hemingway, nieta del famoso autor de El viejo y el mar. Yo presencié, cerca de El Bajo, la filmación del breve segmento final en que Margaux va en un descapotable que se detiene a la orilla de la playa, ella se levanta y voltea para decirle a la cámara, tarjeta en mano: “American Express, nunca salga sin ella”.
        David nunca supo que entre la gente que aquella tarde curioseaba la inusual escena desde la Lonja Pesquera estaba yo, que no intentaba verlo a él trabajar sino a la hermosa nieta de Ernest Hemingway.


martes, 28 de julio de 2020

Juanita







Juana Evangelista LÁREZ MORENO

Juan Griego, 16 may. 1921 / Juan Griego, 21 sep. 2008

Sexta hija de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)

y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)




Esta mujer no fue nunca a la escuela, pero era una incansable promotora de la educación. ¡A cuántos de nosotros nos dijo durante su vida: “No dejes de estudiar, mijo, que eso es lo único que te vas a llevar a la tumba”! Cuando yo estaba en bachillerato, si mis hermanos y yo estábamos estudiando, éramos intocables para ella, lo hacía todo con tal de no interrumpirnos.

Ella fue mi representante durante mi primer año en el liceo. De eso, sólo no me agradaba que se la llevaba bien con mi profesor-guía, que era un dictador. Ella me llevó también a Caracas cuando tuve que inscribirme en la universidad. Y ahora, cada vez que paso frente al Aula Magna, la veo parada junto a los jardines, esperando con la paciencia de un santo que yo terminara de inscribirme. Después de eso, aunque yo iba a estudiar Idiomas, me llevó a la Facultad de Medicina para que viera donde había estudiado Miguel Rafael.

Una mañana estaba yo en el parque de mi preescolar y de repente, no sé cómo, miré para la izquierda y vi que ella venía del mercado. Yo miré a mi maestra, que estaba junto a mí, y me hizo señal de que podía ir a saludarla. Corrí a la cerca y ella se detuvo y puso la bolsa en el suelo y me dio una mandarina. Cuidadosa de que pudieran llamarme la atención, me pidió que regresara con los demás niños y me aconsejó que le preguntara a la maestra si podía comerme la mandarina antes del almuerzo. Yo recuerdo mil historias de mi vida en la escuela y mil historias con esta mujer, pero ese es el recuerdo más tierno que tengo, porque aquella mañana fue como un milagro para mí: por lo menos ese día, yo era el único niño cuya abuela había pasado por el parque de la escuela… ¡y le había regalado una mandarina!

Esta foto es particular porque en ella tiene todos los cabellos negros. Tiene la misma mirada de siempre, y sus labios por instantes parecen tristes, por instantes casi sonríen. La veo con ese vestido sin mangas, con el pelo casi por los hombros, juvenilmente delgada, y la imagino caminando por la calle La Marina, saludando a la gente, respirando el olor del mar y sueño que si, haciendo un viaje en el tiempo, me apareciera en su camino, con aquella mandarina en la mano, ella me reconocería y me abrazaría.

Y entonces le doy gracias a Dios por su existencia.



lunes, 20 de julio de 2020

Andrés









Andrés Gumersindo LÁREZ MORENO
(Juan Griego, 13 ene. 1913 / Maracay, 18 may. 1986)
Segundo hijo de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)
y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)




        ¿Qué sentido puede tener tomarle una foto a un grupo de 20 personas, casi todos niños, apenas vestidos, de rostros tristes y hambrientos, sin zapatos, apiñados entre ellos y apoyados contra la pared de una casa vieja de un pueblo pequeñito? Yo comencé a comprenderlo cuando descubrí esta foto.
        En ella aparecen tres adultos y 17 niños que juntan las manos como quien ora, y eso nos hacer percatarnos de que en medio de ellos un hombre joven vestido de sotana y bonete, con barba pintada con betún, mira también la cámara con semblante de mucha seriedad. Es mi tío Andresito (o Chindo), hermano mayor de mi abuela.
        ¿Chindo Lárez era cura? No, pero era amigo del famoso Padre Manuel Montaner, también de Juan Griego, que como consecuencia de su firme posición contraria a los gobiernos militares de los años 30 y 40, fue expulsado de Margarita. Para protestar contra esta expulsión, mi tío se disfrazó de sacerdote y recorrió las calles de Juan Griego, rodeado de jovenes y niños, haciendo creer a muchos que había llegado el sustituto de Montaner. Desde pequeño oí en mi casa contar que el espurio cura incluso repartió la comunión poniendo en la boca de sus “feligreses” hostias de casabe, naturalmente sin consagrar. Ese mismo día fue arrestado por aquella “travesura”, acusado de sacrílego y de abusar de la fe del pueblo, por lo cual estuvo un tiempo en un calabozo de La Asunción.
        Cuando ya era bastante mayor, mi tío vivió unos meses en mi casa de Tari Tari, donde mi abuela lo atendía con un esmero que parecía devoción. Para mí representaba un misterio su silla de ruedas, su brazo inmóvil y su voz apagada, a veces incomprensible. Sus ojos lagrimeaban casi todo el tiempo, sobre todo cuando hablaba de sus padres, de Acción Democrática o de la época en que trabajaba en Maracay y tenía dinero. Un día vino Columba Lira, su esposa, a buscarlo y se mudaron cerca. Mi abuela siempre me mandaba a llevarle frutas a su casa.
        En marzo de 1981, al llegar al velatorio de mi tío Francisco, lo vi llegar en su silla de ruedas, ahora con una razón más para estar triste. Muchas personas lo saludaban con respeto y le abrían paso. Rato después, una vez que se vio rodeado de viejos amigos, le dijo, llorando, a uno de ellos: “¡Quién hubiera creído que Francisco se iba a morir antes que yo!”.
        Después de ese día no volví a verlo más.



lunes, 13 de julio de 2020

Antonia






Antonia María LÁREZ
(Juan Griego, 17 ene. 1943)
Segunda hija de María Albina LÁREZ MORENO (1915-88)


        Cuando yo tenía 12 años, mi abuela, Juanita Lárez, se empeñó en que la acompañara a Cabimas. Aunque nos fue bien, a partir de ese viaje no quiero nada con los autobuses. En Cabimas, ciertamente, me sentí como en mi casa. Era bella y grande y todos me trataron como a un príncipe. Aquella era la casa de mi prima Antonia, hija de mi tía María, hermana de mi abuela.
        Yo recordaba a Antonia de una vez que fue a Margarita con su marido y sus hijas, Lisbeth y Maité. Ella se acostaba tarde porque conversaba mucho con mi abuela, y en la noche del lunes en que llegaron la entrevista de Marcel Granier en Primer Plano parecía estar tan interesante que ella se quedaba mirando la pantalla como si un mago la estuviera hipnotizando. Por nada del mundo se me ocurría a mí hacer ni un mínimo ruido, no me fueran a mandar a la cama, pero en los comerciales, las dos conversaban, como si argumentaran en un juicio, acerca del contenido de la entrevista. La sensación que recuerdo es que había habido un engaño, un acto de corrupción y que el entrevistado lo estaba develando. O Granier, no sé. Para mí era impresionante que Antonia pareciera conocer el asunto tanto como aquellos señores tan bien peinados que hablaban en la televisión.
        Y en aquel único viaje que he hecho a Cabimas, yo sentía algo así como que no hablaba el mismo idioma sagrado que Antonia porque en mi imaginación ella era como un personaje de la televisión, una persona que sabía mucho de las noticias, de la política y de todos esos temas importantísimos que a los niños no nos interesan y nos aburren. Pero una tarde Antonia recibió una llamada, y salió al patio, donde se sentaban mi tía María y mi abuela, y dijo: “Tengo que ir para Maracaibo”. Mi tía debe haber dicho que era tarde para ir sola, y yo pensé: “Ay, yo podría ir con ella, estoy como aburrido”. Y Antonia, después de echarle mano a su cartera, pasó junto a mí dirigiéndose al carro y me preguntó: “¿Quieres ir?”. ¡Me leyó el pensamiento!
        A no ser por el cariño con que me trató todo el tiempo, no recuerdo nada de aquel recorrido, que también fue largo; ni siquiera recuerdo la “emoción tan grande” que según la música popular zuliana causa “pasar el puente” sobre el lago. Quién sabe si me dormí o si aturdí a la pobre Antonia con preguntas o comentarios tontos, pero en aquella época era yo más aburrido que ahora, así que ella debe haberse arrepentido de llevarme.
        Sea cuál sea la verdad, cuando encontré esta foto en casa de mi tía Teresa, unos años después, reconocí en primer lugar a mi prima sabia. “¡¿Esta es la boda de Antonia, tía?!”. Y después vino la sorpresa al reconocer la juventud de los demás personajes: Elizabeth, su hermana, la divertida Pelona, primera de la izquierda; mi tío Marquito, el cuarto de izquierda a derecha; Antonia, vestida de novia; Etanislao, o Teny, el novio; mi tía María, idéntica a las demás fotos de ella que había visto, y las demás personas debían ser de la familia de Teny.
        Es sin duda una foto memorable. Antonia y Etanislao se casaron por la Iglesia el 18 de marzo de 1967; tres meses antes lo habían hecho por la ley. Tuvieron dos hijas y, hasta ahora, dos nietos y dos bisnietos. Cincuenta y tres años más tarde, viuda, de pie aún en aquella bella casa, gracias a Dios sigue teniendo las antenas bien puestas y yo sigo pensando en ella como un ejemplo de inteligencia.




lunes, 6 de julio de 2020

Miguel y Mireya






Mireya del Valle CAMPOS LÁREZ
(Caracas, 24 feb. 1953 / Caracas, 9 oct. 1989)
Quinta hija de Edith Josefa LÁREZ MORENO (1919-92)

Miguel Rafael DELPINO LÁREZ
(Juan Griego, 16 oct. 1951 / Caracas, 13 mar. 1984)
Hijo mayor de Teresa de Jesús LÁREZ MORENO (1929-2019)




        Este es el jardín de mi casa de Tari Tari, el jardín de mi abuela. Recuerdo bien estas matas y estas flores. Parece que yo no había nacido cuando se tomó esta foto, pero en el 2013, cuando la familia cumplió 50 años en esta casa, convencí a varios de nosotros de posar para mi cámara, en esta posición, en esa misma puerta.
        Durante mucho tiempo pensé que la muchacha que aparece en la imagen era mi tía Ibelis, hasta que un día ella misma la miró fijamente y concluyó: “No, esa es Mireya”. Cuánto cariño le tenía yo a Mireya, aunque apenas la vi cinco o seis veces en la vida. Su voz era tan tierna, su sonrisa tan alegre, su mirada tan inocente.
        Una vez, cuando aún estaba aprendiendo a manejar, nos llevó a mi abuela y a mí a su apartamento de Ocumare de la Costa. Todo el tiempo estuvo anunciando que al llegar nos prepararía un jugo de naranja, zanahoria y remolacha —nada más coherente con la decoración de su casa, en la que casi todo era blanco o anaranjado... o blanco y anaranjado—. Yo, cruelmente, le dejé casi todo el jugo en el vaso.
        Poco después, embarazada de su segundo hijo, sintió un dolor en el vientre. Corrieron todos al hospital, donde interpretaron que se le había adelantado el parto y la obligaron a parir. Por fortuna, el niño nació bien, pero ella no soportó el esfuerzo de dar a luz al mismo tiempo que la atormentaba el dolor de una apendicitis.
        El muchacho es Miguel Rafael, mi padrino. Su voz de tenor resuena en mi memoria cada vez que entro en su casa de Laguna Honda. No sé si recuerdo a Miguel antes de que comprara aquel carrito azul que mimaba más que a Rosario, su novia. Un día en que estuvo en mi casa, vino a recogernos en él su padre, mi tío Miguel Delpino; mi abuela, Miguel Rafael y yo nos sentamos en el asiento trasero. Mi abuela le comentó que era extraño verlo en otro asiento que el del piloto y él respondió: “No le pares bola a esa vaina, Juanita Lárez, que la gente importante va en el asiento de atrás”.
        También era un jocoso creador de términos nuevos, generalmente obscenos; quizá el más conocido de ellos era darle a alguien su par de medias suelas, que significaba disfrutar con alguien relaciones sexuales.
        Hasta mis 15 años, el ideal de cena navideña era la que preparaba Miguel para todos cada diciembre junto con Rosario y mi tía Teresa. Aquella mesa larga y de muchas sillas, llena de comida y de postres, no he vuelto a verla en ninguna parte.
        En marzo de 1984, era tan joven como Mireya, pero una noche, en su casa de Caracas, a unas cuadras de la de ella, ocurrió un accidente catastrófico en su cerebro. El golpe interior lo tumbó al piso y de ahí no se levantó nunca más.


lunes, 29 de junio de 2020

Francisco




Francisco Esteban LÁREZ MORENO
(Juan Griego, 4 oct. 1925 / Playa El Agua, 2 mar. 1981)
Séptimo hijo de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)
y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)





Encontré esta foto entre las muchísimas que atesoraba en una gaveta Miguel Delpino. Mi tía Teresa me explicó que en los años 50, en el centro de Caracas, los fotógrafos le tomaban fotos de sorpresa a la gente en la calle y luego se las ofrecían para que las pagaran. Mi tío, obviamente, accedió.
Yo recuerdo a este risueño hermano de mi abuela de su última época, cuando se mudó con Nelly, la madre los tres más jóvenes de sus 13 hijos, a la calle de atrás de la nuestra en Tari Tari. Tenía un Fiat Mirafiori rojo, en el que apenas cabía y a cuya gritería a menudo nos uníamos mis hermanos y yo.
El 31 de diciembre de 1980, en la casa de Chu Lárez, donde nos reunimos muchos para recibir el Año Nuevo, contento por el reciente nacimiento de su décima cuarta hija, María Beatriz, pasó toda la noche diciendo en voz alta: «Este es mi año, caraj, este es mi año». Yo elucubraba que en 1981 iba a ampliar su pequeña posada para turistas. Pero en marzo, en el Carnaval más triste que yo pueda recordar, entendí que la vida se estaba despidiendo de él. Aquel día Playa El Agua, haciendo honor a su fama de violenta y traicionera, nos lo devolvió desnudo, inerte y sin sonrisa.


lunes, 22 de junio de 2020

Leopoldo





Leopoldo Andrés MALAVER LÁREZ
(Caracas, 8 nov. 1969 / Güiria, 25 dic. 2007)
Segundo hijo de Miriam Esther LÁREZ (1945)




Esta foto fue tomada, que yo recuerde, en 1988 por Joe Backus, un amigo canadiense de mi hermano (también llamado cariñosamente Popo) en la playa de Manzanillo, Nueva Esparta. Nunca he sabido cómo se conocieron Popo y Joe ni cómo se las arreglaron para llegar a la casa de Tari Tari sin comprenderse. Lo que sé es que Popo llevó a Joe a casa para que yo, que estaba de vacaciones, le sirviera de intérprete y yo también terminé haciéndome amigo suyo. Y después sumamos a nuestro primo Freddy.
Popo en esa época, en que no trabajaba aún en la PTJ, era como un atleta, como un galán: hacía deportes, iba a fiestas, disfrutaba la vida bastante a la ligera, pero era, como siempre fue, un buen muchacho. Después se convirtió en detective —aunque desde antes Freddy había comenzado a apodarlo “el Bigote Agresivo” por alusión al personaje de Tom Selleck en la serie Magnum—. Y se casó. Y nació Lilia, su primera hija. Y después comenzó a engordar desproporcionadamente, que fue, eso parece, lo que aceleró el agotamiento de su corazón.
Cómo lo extraño... todos los días.


domingo, 5 de mayo de 2019

Noche del 4 de mayo

Edgardo Malaver






     Durante la noche, Juan Bautista se despertó varias veces a causa de la misma pesadilla. Un hombre le ofrecía una pluma y él firmaba con ella un documento. Y mientras levantaba la mano de la hoja, levantaba también la vista hacia la puerta del salón, donde súbitamente se oía el palabrerío sordo de todos los hombres importantes de la ciudad. La puerta, extrañamente, daba hacia el mar, y él podía ver un centinela que hacía la ronda de la mañana en el castillo. Pero delante de la imagen del castillo, rodeada de las flores y sarmientos primorosamente pintados en el marco de la puerta, había aparecido ahora la de una mujer que llevaba un vestido amarillo, con una perla grande sobre el pecho. La mujer entró en el salón caminando con un paso lento, como si no se decidiera a entrar de lleno o acercarse a él. Al final llegó frente a él, a un paso de su mano derecha, que aún sostenía la pluma. La mujer lo miraba con ojos acribillados de un dolor que aún no había sufrido pero que no iba a poder evitar. Entonces él separó los labios para decir algo, pero en ese instante ella se inclinó con gracia sobre la hoja de papel. Pareció leer las primeras líneas y después, al ver al final del documento el nombre de su marido, echó a llorar como quien lo ha perdido todo. La mujer, cogiéndose las faldas con las dos manos, se dio la vuelta y salió corriendo de la sala. Sólo entonces reconoció Juan Bautista a Luisa, su mujer, y cuando la pluma cayó de sus manos, otra vez despertó.

martes, 23 de enero de 2018

El ciclo de Eduardo Fernández

Edgardo Malaver


Como homenaje a los venezolanos que lograron, hace 60 años, la caída de la horrorosa dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Un Lapicero Azul reproduce aquí un artículo de su editor aparecido hace días en Efecto Cocuyo.

 
Al final, hasta el padre Madariaga
contribuyó a la huida de Pérez Jiménez


Al final, Eduardo Fernández va a tener razón. En 1988, cuando era candidato a la presidencia contra Carlos Andrés Pérez, Fernández afirmó que en Venezuela, los grandes cambios sucedían cada 30 años. Quién sabe si, ahora que falta tan poco para que se cumplan 30 años de aquella afirmación, acabar con todo este zaperoco histórico que vive Venezuela sea cuestión de simplemente esperar el parto, que no puede más que suceder.
Fernández preveía que ese año ganaría las elecciones y todo iba a cambiar; acabaría, por lo menos, con 10 años seguidos de gobierno de Acción Democrática. Resulta que ganó Pérez, que era lo que parecía más probable, pero no dejó de cumplirse el ciclo... y la profecía. El 27 de febrero de 1989, apenas 25 días después del cambio de gobierno, Caracas explotó en una andanada de saqueos, de violencia y de muerte, que acaso haya sido el acontecimiento social más doloroso de todo el siglo XX en Venezuela.
El hecho histórico anterior fue el de enero de 1958, cuando Marcos Pérez Jiménez y su dictadura volaron en un avión lleno de dinero, para no regresar nunca al poder. En diciembre de ese año hubo elecciones libres y comenzó el período de democracia, de gobiernos civiles, más prolongado que haya vivido Venezuela.
Treinta años antes, un grupo de muchachos que estudiaban en la Universidad Central de Venezuela habían organizado una protesta tan contundente contra el gobierno de Juan Vicente Gómez, que terminaron en las mazmorras o en el exilio, pero quedó claro que ya la sociedad venezolano no soportaba más el peso de la dictadura. Fue tan importante, tan llena de contenido aquella manifestación, que de ella nació la que terminaría llamándose Generación del 28, cuyos miembros fueron los protagonistas de los acontecimientos de 1958. Probablemente era la juventud la que los estimulaba a enfrentarse al dictador más sanguinario que haya parido Venezuela.
Antes de eso, en 1898, un envalentonado Cipriano Castro, secundado por un entonces tímido Gómez, su compadre, había reunido en su Táchira natal un pequeño grupo de hombres que para emprender la aventura de sus vidas: cabalgar hasta Caracas para arrebatarles el poder a los pretensiosos y afrancesados políticos del centro, que, según él, estaban hundiendo a Venezuela. Echando tiros a diestra y siniestra, llegaron a la capital y cambiaron la silla del caballo por la del palacio de gobierno. Ya sabemos que las cosas cambiaron... para peor. Y, como diría Francisco Herrera Luque —si no me está traicionando la memoria—, estos fueron “60 hombres que se quedaron 60 años”. Sesenta años... dos veces 30.
Treinta años antes de la llegada de los andinos al poder, en octubre de 1867, a la vuelta de sus vacaciones en Coro, el mariscal Juan Crisóstomo Falcón, presidente de la república, se había encontrado la capital alborotada —y en realidad muchísimos lugares de Venezuela— y ya no le queda tiempo suficiente, ni destreza ni partidarios, para detener la Revolución Azul. La revuelta se había venido fraguando desde la llegada de Falcón al poder, poco después de la Guerra Federal, pero en 1868 la situación, largamente descuidada por el presidente, terminó reuniendo en su contra a liberales y conservadores. La Revolución Azul trajo de vuelta a la escena, e indirectamente al poder, a José Tadeo Monagas, cuyo derrocamiento había sido una de las principales causas de la guerra en la década anterior.
El acontecimiento anterior, aunque significativo, quizá sea menos interesante. En 1838, José Antonio Páez gana las elecciones gracias a su defensa del gobierno de Carlos Soublette.
El acontecimiento importante de 1808 no sucedió en Venezuela, pero fue tan decisivo que trajo como consecuencia, nada menos, la independencia. Ese año, engañando a Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, Napoleón Bonaparte invadió España y les impuso a su hermano José a los españoles como nuevo rey. No hace falta detallar las repercusiones de este amable gesto napoleónico, pero en abril de 1810, unos “niñitos de papá” de Caracas pusieran contra la pared —y de espaldas a José Cortés de Madariaga— a Vicente Emparan, capitán general de Venezuela, es decir, el representante del encarcelado rey de España. Emparan ese mismo día desapareció de la historia.
Quizá no valga la pena seguir buscando pruebas para la validez del “ciclo de Eduardo Fernández”. Quién sabe si la llamada “situación” venezolana alcanza los 74 años y luego se soluciona pacífica y lentamente. Otra posibilidad es que se concrete una de las paradojas más hirientes de la historia venezolana, que dentro de 90 años todavía haya alguien que escriba: “Al final, Fernández va a tener razón...”.
Lo que sí parece urgente es encontrar una fórmula para despejar esta incógnita, que alguien (y si es alguien que tenga poder, mucho mejor) se percate de que el 2018 es una oportunidad de oro que ofrece la historia para llegar a una solución... porque el dominó está tan trancado que los más pobres, que somos la mayoría de las mayorías, ya no tenemos más piezas que lanzar a la mesa.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Miguel

Edgardo Malaver






         Una noche en que no podía dormir a causa de una endemoniada discusión con doña Catalina, Cervantes se asomó a la ventana sur de su habitación deseando que el aire limpio del campo de Esquivias le tranquilizara la sangre, que después de varias horas sentía encolerizada aún en las venas. Aunque no era luna llena y estaban a mitad de la primavera, observó que una luz inusualmente clara cubría las siembras y que los ruidos de la noche se habían opacado, que el cielo no había oscurecido al final de la tarde.
         Entre una fanega y otra, a lo lejos, se acercaban dos cabalgaduras seguidas por una carreta grande y harto adornada que, sin embargo, no exhibía ningún rastro de la cruz. Tampoco traía trazas de ser de moros ni gitanos. Cervantes temió que fueran maleantes o bárbaros mal disfrazados de alguna farándula circense y salió de la habitación para ir a la sala principal. Abriendo la ventana que daba al solar de la calle, adivinó unos pasos que se le acercaba por detrás, pero se determinó a ignorarlos pensando que eran los de su mujer. Abierta la ventana, pudo ver con más claridad los rostros de los dos hombres que guiaban la caravana, ambos ataviados con unas sayas muy coloridas y divididas sobre el pecho, pero que les cubrían ambas piernas a los costados de los caballos. Tenían unos ojos tan pequeños que parecían traerlos cerrados, y sus bigotes y barbicies eran tan ralos, que Cervantes no creía haber visto seres semejantes.
         Un minuto más tarde, creyó recordar un grupo que había visto en Italia tiempo antes, que llevaba vestiduras similares. Él era tan joven, que tuvo que preguntar si aquellos seres provenían de otro lugar de Italia, si venían de allende la mar o aun si, como se daban el aire, eran hombres. Un oficial de mayor rango junto a él bromeó en castellano diciendo que habría que enviar a alguien al Purgatorio a traer de vuelta a Marco Polo para que sirviera de intérprete. Como todos se persignaron a la mención del santo nombre, los visitantes unánimemente hicieron una reverencia.
         Fue entonces que Cervantes entendió de dónde debían provenir y se quedó con la idea de que, luego, podían ser humanos. Ninguno de los soldados supo si los extranjeros habían reconocido el nombre del antiguo explorador, del Purgarorio o de los dos; lo que quedaba claro era que hablaban castellano.
         —Son chinos —dijo Cervantes cuando, detrás de él, la doncella de doña Catalina preguntó si aquellos seres eran hombres o bestias.
         —¡¿De la China?! —preguntó como asustada la muchacha.
         —Claro, niña, sólo siendo de la China serían chinos.
         —¡Ave, María Purísima, refugio de los desamparados! —exclamó persignándose mientras corría hacia la recámara de su ama.
         Cervantes entonces levantó la tranca de la puerta principal de la casa. Aunque desde la ventana parecía faltarles aún algún trecho para llegar, abierta la puerta, los hombres ya se habían apeado de los caballos y lo esperaban en actitud respetuosa para saludarlo con una reverencia perfectamente sincronizada.
         —Nos disculpamos por venir a alterar la paz de vuestro hogar, honorable señor —dijo el de ellos que debía ser el jefe, con un acento que no impedía comprender ninguna de sus palabras.
         —¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó Cervantes.
         —Venimos de parte del emperador de la China.
         Cervantes pensó que estaba soñando.
         —¿De qué puede servir a tan encumbrado monarca este humilde soldado?
         Los dos hombres se miraron.
         —Teníamos sabido que vuestra merced era poeta.
         —Aunque lo tengo en menos que el título de hombre de armas, sí, también soy poeta.
         —¿Os apellidáis Cervantes?
         —El mismo que viste y calza.
         —A oídos de nuestro emperador ha llegado la noticia de que vuestra eminencia habéis publicado la historia del afamado y nunca bien ponderado hidalgo don Quijote de la Mancha, el caballero de la triste figura.
         Cervantes arrugó el entrecejo, pero guardó silencio.
         —Ambiciona el emperador nuestro señor que vos le enviéis un ejemplar de la historia del hidalgo. Además de eso, desea nuestro amo y señor fundar en la capital del imperio un colegio donde se enseñe la lengua castellana y ha determinado en su indetenible voluntad que el libro que lean los infantes en la susodicha escuela sea la historia verdadera del caballero don Quijote que vos habéis escrito.
         No sabiendo qué responder, Cervantes simuló que entendía bien y que le interesaba mucho lo que le narraban los visitantes.
         —¿Y en qué puedo yo servir al señor vuestro rey? —repitió dando un paso al frente.
         —Desea su Majestad que vuestra merced acepte ser el rector de tal colegio, que nada le daría tanto placer a su magnánimo corazón.
         Cervantes se acarició la barba y lentamente se volteó para dirigir la mirada a la ventana de la habitación alta donde acaso dormía ya doña Catalina.
         Volvió a mirar a los hombres y preguntó:       
         —¿Sabéis vosotros, estimables amigos, si el señor emperador de la China ha enviado para mí alguna ayuda de costa?
         Otra vez los extranjeros se miraron, cruzaron un par de frases en su lengua nativa y el de mayor rango le respondió a Cervantes:
         —¿Os referís a costas de vuestro viaje a la China?
         —Hombre, claro, a las costas, al salario, a lo que he de ganar, dinero.
         Los dos bajaron la mirada. Dijeron ambos que no.
         Cervantes entonces miró la noche de la Mancha rendida a su alrededor, penetrada por la luz de la luna; miró la casa de los Salazar, la casa más grande en que él hubiera vivido; miró la ventana de doña Catalina, donde brillaba ahora la vela de la lámpara; miró el portón de los caballos, que daba al patio inmenso, al fondo del cual estaba el extenso corral de gallinas; miró por el otro lado las trinitarias que se desbordaban sobre la pared blanca de los jardines, poblados en ocasiones de rosas perfumadas y de abejas atolondradas; miró la calle que llevaba al centro de Esquivias, a la iglesia, a la plaza mayor; miró las siembras, que ahora serían suyas, y miró la llanura, sintió su calor y su seco perfume; miró el cielo y se miró a sí mismo. Se miró como en un ensueño, parado en medio de una tierra de fantasía, delante de una tentación avasallante que, de cierto, le no le prometía nada.
         Después devolvió la mirada a los hombres que estaban frente a él.
         —Pues, hermanos —les dijo—, os digo con dolor de mi pecho que debéis volver a vuestra China, porque yo no estoy con salud suficiente para ponerme en tan largo viaje. Y, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros.
         Los chinos hicieron otra reverencia a Cervantes y éste, como reviviendo aquella escena de Italia, se persignó. Ellos caminaron en silencio hasta sus caballos, montaron y se fueron.

         Él, mientras tanto, se vio al frente de su casa en mitad de la noche cerrada, solitario junto a las trinitarias adormecidas, con la sensación irreprimible de haber estado hablando solo.