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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Edita






Edith Josefa LÁREZ MORENO

(Juan Griego, 19 sep. 1919 / Caracas, 1° dic. 1992

Quinta hija de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)

y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)



Esta foto es nueva para mí. Me la envió mi primo José hace dos o tres meses. Aparte de aparecer en ella junto con mi abuela, su hermana, me resulta valiosa, porque la protagonista, mi tía Edita, está celebrando su cumpleaños, es decir, que el día en que fue tomada era, como hoy, 16 de septiembre. El año pasado, quise reunir todas las fotos suyas que tenía para hacer un álbum en Facebook (como hice en el 2017 para mi tía Facunda) y celebrar de esa manera los cien años de su nacimiento, pero me di cuenta de que tenía una sola y me demoré demasiado en acudir a José para que me ayudara.

La deuda que tengo con mi tía Edita es enorme e impagable. En 1988, cuando iba a iniciar mi tercer semestre en la universidad, mi primo Freddy, con quien vivía en Caracas, consiguió un empleo en Margarita y se fue. Yo tenía que mudarme, y ella me recibió en su casa de la calle Venezuela; todos los días, antes de que yo saliera, se cercioraba de que desayunara. En las noches, nunca me dijo ni una palabra, pero yo intuía que algunas veces debía preocuparse si yo llegaba tarde. Incluso me imagino que puede haber rezado para que regresara entero a casa. Durante cientos de días al año, ella era el único miembro de mi familia que veía con frecuencia y ahora me doy cuenta de que, pasando el día en las aulas y en la biblioteca, era bien poco lo que yo hacía por ella.

En alguna ocasión, sí, hubo en aquella casa alguna celebración como la de la foto. Los boleros de los años 50, los tangos de Gardel y la música caraqueña de los primeros años del siglo XX la hacían flotar de gusto. Brindaba en voz alta cada cuarto de hora por las personas que iban apareciendo en la conversación, por los músicos, por Margarita, por Venezuela, por Los Panchos, por la vida, por el amor. Y contaba historias de su juventud, de la gente ingrata, que sabiamente prefería no mencionar, y de la gente querida, como sus padres y hermanos, sus hijos, sus amigos. Yo que no soy fanático de las fiestas, celebraba íntimamente, a veces acaso sin darme cuenta yo mismo, que ella tuviera esos ratos de esparcimiento porque sabía desde antes que era mucho lo que había sufrido por mil razones en su juventud.

Cuando me mudé a su casa, me asombró descubrir que mi tía caminaba exactamente igual que camina mi mamá. Y que contaba muchas historias que contaba también mi abuela. Y que usaba expresiones muy similares a las de mi tía Facunda. Y que por más que hubiera respirado Caracas durante cuarenta o cincuenta años, todo en ella era margariteño.

El maremoto que ha reducido a polvo todo lo que antes era Venezuela se inició el año en que yo cumplí cuatro años en la casa de San Martín. Y ese año, al final, la desgracia se había estacionado frente a ella. Ese año hubo dos intentos de golpe de Estado. El toque de queda decretado como consecuencia del segundo la alcanzó en la calle, de regreso de Guarenas. Día terrible. Mi abuela y yo regresamos a tiempo a la casa, incluso de día aún; ella le perdió la paciencia a la multitud que venía en el metro y salió a la superficie en Capitolio.

Hoy cumpliría 101 años de edad. Como diría su argentino favorito: “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. La verdad es que cien años no es nada.


lunes, 6 de julio de 2020

Miguel y Mireya






Mireya del Valle CAMPOS LÁREZ
(Caracas, 24 feb. 1953 / Caracas, 9 oct. 1989)
Quinta hija de Edith Josefa LÁREZ MORENO (1919-92)

Miguel Rafael DELPINO LÁREZ
(Juan Griego, 16 oct. 1951 / Caracas, 13 mar. 1984)
Hijo mayor de Teresa de Jesús LÁREZ MORENO (1929-2019)




        Este es el jardín de mi casa de Tari Tari, el jardín de mi abuela. Recuerdo bien estas matas y estas flores. Parece que yo no había nacido cuando se tomó esta foto, pero en el 2013, cuando la familia cumplió 50 años en esta casa, convencí a varios de nosotros de posar para mi cámara, en esta posición, en esa misma puerta.
        Durante mucho tiempo pensé que la muchacha que aparece en la imagen era mi tía Ibelis, hasta que un día ella misma la miró fijamente y concluyó: “No, esa es Mireya”. Cuánto cariño le tenía yo a Mireya, aunque apenas la vi cinco o seis veces en la vida. Su voz era tan tierna, su sonrisa tan alegre, su mirada tan inocente.
        Una vez, cuando aún estaba aprendiendo a manejar, nos llevó a mi abuela y a mí a su apartamento de Ocumare de la Costa. Todo el tiempo estuvo anunciando que al llegar nos prepararía un jugo de naranja, zanahoria y remolacha —nada más coherente con la decoración de su casa, en la que casi todo era blanco o anaranjado... o blanco y anaranjado—. Yo, cruelmente, le dejé casi todo el jugo en el vaso.
        Poco después, embarazada de su segundo hijo, sintió un dolor en el vientre. Corrieron todos al hospital, donde interpretaron que se le había adelantado el parto y la obligaron a parir. Por fortuna, el niño nació bien, pero ella no soportó el esfuerzo de dar a luz al mismo tiempo que la atormentaba el dolor de una apendicitis.
        El muchacho es Miguel Rafael, mi padrino. Su voz de tenor resuena en mi memoria cada vez que entro en su casa de Laguna Honda. No sé si recuerdo a Miguel antes de que comprara aquel carrito azul que mimaba más que a Rosario, su novia. Un día en que estuvo en mi casa, vino a recogernos en él su padre, mi tío Miguel Delpino; mi abuela, Miguel Rafael y yo nos sentamos en el asiento trasero. Mi abuela le comentó que era extraño verlo en otro asiento que el del piloto y él respondió: “No le pares bola a esa vaina, Juanita Lárez, que la gente importante va en el asiento de atrás”.
        También era un jocoso creador de términos nuevos, generalmente obscenos; quizá el más conocido de ellos era darle a alguien su par de medias suelas, que significaba disfrutar con alguien relaciones sexuales.
        Hasta mis 15 años, el ideal de cena navideña era la que preparaba Miguel para todos cada diciembre junto con Rosario y mi tía Teresa. Aquella mesa larga y de muchas sillas, llena de comida y de postres, no he vuelto a verla en ninguna parte.
        En marzo de 1984, era tan joven como Mireya, pero una noche, en su casa de Caracas, a unas cuadras de la de ella, ocurrió un accidente catastrófico en su cerebro. El golpe interior lo tumbó al piso y de ahí no se levantó nunca más.