martes, 28 de julio de 2020

Juanita







Juana Evangelista LÁREZ MORENO

Juan Griego, 16 may. 1921 / Juan Griego, 21 sep. 2008

Sexta hija de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)

y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)




Esta mujer no fue nunca a la escuela, pero era una incansable promotora de la educación. ¡A cuántos de nosotros nos dijo durante su vida: “No dejes de estudiar, mijo, que eso es lo único que te vas a llevar a la tumba”! Cuando yo estaba en bachillerato, si mis hermanos y yo estábamos estudiando, éramos intocables para ella, lo hacía todo con tal de no interrumpirnos.

Ella fue mi representante durante mi primer año en el liceo. De eso, sólo no me agradaba que se la llevaba bien con mi profesor-guía, que era un dictador. Ella me llevó también a Caracas cuando tuve que inscribirme en la universidad. Y ahora, cada vez que paso frente al Aula Magna, la veo parada junto a los jardines, esperando con la paciencia de un santo que yo terminara de inscribirme. Después de eso, aunque yo iba a estudiar Idiomas, me llevó a la Facultad de Medicina para que viera donde había estudiado Miguel Rafael.

Una mañana estaba yo en el parque de mi preescolar y de repente, no sé cómo, miré para la izquierda y vi que ella venía del mercado. Yo miré a mi maestra, que estaba junto a mí, y me hizo señal de que podía ir a saludarla. Corrí a la cerca y ella se detuvo y puso la bolsa en el suelo y me dio una mandarina. Cuidadosa de que pudieran llamarme la atención, me pidió que regresara con los demás niños y me aconsejó que le preguntara a la maestra si podía comerme la mandarina antes del almuerzo. Yo recuerdo mil historias de mi vida en la escuela y mil historias con esta mujer, pero ese es el recuerdo más tierno que tengo, porque aquella mañana fue como un milagro para mí: por lo menos ese día, yo era el único niño cuya abuela había pasado por el parque de la escuela… ¡y le había regalado una mandarina!

Esta foto es particular porque en ella tiene todos los cabellos negros. Tiene la misma mirada de siempre, y sus labios por instantes parecen tristes, por instantes casi sonríen. La veo con ese vestido sin mangas, con el pelo casi por los hombros, juvenilmente delgada, y la imagino caminando por la calle La Marina, saludando a la gente, respirando el olor del mar y sueño que si, haciendo un viaje en el tiempo, me apareciera en su camino, con aquella mandarina en la mano, ella me reconocería y me abrazaría.

Y entonces le doy gracias a Dios por su existencia.



lunes, 20 de julio de 2020

Andrés









Andrés Gumersindo LÁREZ MORENO
(Juan Griego, 13 ene. 1913 / Maracay, 18 may. 1986)
Segundo hijo de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)
y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)




        ¿Qué sentido puede tener tomarle una foto a un grupo de 20 personas, casi todos niños, apenas vestidos, de rostros tristes y hambrientos, sin zapatos, apiñados entre ellos y apoyados contra la pared de una casa vieja de un pueblo pequeñito? Yo comencé a comprenderlo cuando descubrí esta foto.
        En ella aparecen tres adultos y 17 niños que juntan las manos como quien ora, y eso nos hacer percatarnos de que en medio de ellos un hombre joven vestido de sotana y bonete, con barba pintada con betún, mira también la cámara con semblante de mucha seriedad. Es mi tío Andresito (o Chindo), hermano mayor de mi abuela.
        ¿Chindo Lárez era cura? No, pero era amigo del famoso Padre Manuel Montaner, también de Juan Griego, que como consecuencia de su firme posición contraria a los gobiernos militares de los años 30 y 40, fue expulsado de Margarita. Para protestar contra esta expulsión, mi tío se disfrazó de sacerdote y recorrió las calles de Juan Griego, rodeado de jovenes y niños, haciendo creer a muchos que había llegado el sustituto de Montaner. Desde pequeño oí en mi casa contar que el espurio cura incluso repartió la comunión poniendo en la boca de sus “feligreses” hostias de casabe, naturalmente sin consagrar. Ese mismo día fue arrestado por aquella “travesura”, acusado de sacrílego y de abusar de la fe del pueblo, por lo cual estuvo un tiempo en un calabozo de La Asunción.
        Cuando ya era bastante mayor, mi tío vivió unos meses en mi casa de Tari Tari, donde mi abuela lo atendía con un esmero que parecía devoción. Para mí representaba un misterio su silla de ruedas, su brazo inmóvil y su voz apagada, a veces incomprensible. Sus ojos lagrimeaban casi todo el tiempo, sobre todo cuando hablaba de sus padres, de Acción Democrática o de la época en que trabajaba en Maracay y tenía dinero. Un día vino Columba Lira, su esposa, a buscarlo y se mudaron cerca. Mi abuela siempre me mandaba a llevarle frutas a su casa.
        En marzo de 1981, al llegar al velatorio de mi tío Francisco, lo vi llegar en su silla de ruedas, ahora con una razón más para estar triste. Muchas personas lo saludaban con respeto y le abrían paso. Rato después, una vez que se vio rodeado de viejos amigos, le dijo, llorando, a uno de ellos: “¡Quién hubiera creído que Francisco se iba a morir antes que yo!”.
        Después de ese día no volví a verlo más.



lunes, 13 de julio de 2020

Antonia






Antonia María LÁREZ
(Juan Griego, 17 ene. 1943)
Segunda hija de María Albina LÁREZ MORENO (1915-88)


        Cuando yo tenía 12 años, mi abuela, Juanita Lárez, se empeñó en que la acompañara a Cabimas. Aunque nos fue bien, a partir de ese viaje no quiero nada con los autobuses. En Cabimas, ciertamente, me sentí como en mi casa. Era bella y grande y todos me trataron como a un príncipe. Aquella era la casa de mi prima Antonia, hija de mi tía María, hermana de mi abuela.
        Yo recordaba a Antonia de una vez que fue a Margarita con su marido y sus hijas, Lisbeth y Maité. Ella se acostaba tarde porque conversaba mucho con mi abuela, y en la noche del lunes en que llegaron la entrevista de Marcel Granier en Primer Plano parecía estar tan interesante que ella se quedaba mirando la pantalla como si un mago la estuviera hipnotizando. Por nada del mundo se me ocurría a mí hacer ni un mínimo ruido, no me fueran a mandar a la cama, pero en los comerciales, las dos conversaban, como si argumentaran en un juicio, acerca del contenido de la entrevista. La sensación que recuerdo es que había habido un engaño, un acto de corrupción y que el entrevistado lo estaba develando. O Granier, no sé. Para mí era impresionante que Antonia pareciera conocer el asunto tanto como aquellos señores tan bien peinados que hablaban en la televisión.
        Y en aquel único viaje que he hecho a Cabimas, yo sentía algo así como que no hablaba el mismo idioma sagrado que Antonia porque en mi imaginación ella era como un personaje de la televisión, una persona que sabía mucho de las noticias, de la política y de todos esos temas importantísimos que a los niños no nos interesan y nos aburren. Pero una tarde Antonia recibió una llamada, y salió al patio, donde se sentaban mi tía María y mi abuela, y dijo: “Tengo que ir para Maracaibo”. Mi tía debe haber dicho que era tarde para ir sola, y yo pensé: “Ay, yo podría ir con ella, estoy como aburrido”. Y Antonia, después de echarle mano a su cartera, pasó junto a mí dirigiéndose al carro y me preguntó: “¿Quieres ir?”. ¡Me leyó el pensamiento!
        A no ser por el cariño con que me trató todo el tiempo, no recuerdo nada de aquel recorrido, que también fue largo; ni siquiera recuerdo la “emoción tan grande” que según la música popular zuliana causa “pasar el puente” sobre el lago. Quién sabe si me dormí o si aturdí a la pobre Antonia con preguntas o comentarios tontos, pero en aquella época era yo más aburrido que ahora, así que ella debe haberse arrepentido de llevarme.
        Sea cuál sea la verdad, cuando encontré esta foto en casa de mi tía Teresa, unos años después, reconocí en primer lugar a mi prima sabia. “¡¿Esta es la boda de Antonia, tía?!”. Y después vino la sorpresa al reconocer la juventud de los demás personajes: Elizabeth, su hermana, la divertida Pelona, primera de la izquierda; mi tío Marquito, el cuarto de izquierda a derecha; Antonia, vestida de novia; Etanislao, o Teny, el novio; mi tía María, idéntica a las demás fotos de ella que había visto, y las demás personas debían ser de la familia de Teny.
        Es sin duda una foto memorable. Antonia y Etanislao se casaron por la Iglesia el 18 de marzo de 1967; tres meses antes lo habían hecho por la ley. Tuvieron dos hijas y, hasta ahora, dos nietos y dos bisnietos. Cincuenta y tres años más tarde, viuda, de pie aún en aquella bella casa, gracias a Dios sigue teniendo las antenas bien puestas y yo sigo pensando en ella como un ejemplo de inteligencia.




lunes, 6 de julio de 2020

Miguel y Mireya






Mireya del Valle CAMPOS LÁREZ
(Caracas, 24 feb. 1953 / Caracas, 9 oct. 1989)
Quinta hija de Edith Josefa LÁREZ MORENO (1919-92)

Miguel Rafael DELPINO LÁREZ
(Juan Griego, 16 oct. 1951 / Caracas, 13 mar. 1984)
Hijo mayor de Teresa de Jesús LÁREZ MORENO (1929-2019)




        Este es el jardín de mi casa de Tari Tari, el jardín de mi abuela. Recuerdo bien estas matas y estas flores. Parece que yo no había nacido cuando se tomó esta foto, pero en el 2013, cuando la familia cumplió 50 años en esta casa, convencí a varios de nosotros de posar para mi cámara, en esta posición, en esa misma puerta.
        Durante mucho tiempo pensé que la muchacha que aparece en la imagen era mi tía Ibelis, hasta que un día ella misma la miró fijamente y concluyó: “No, esa es Mireya”. Cuánto cariño le tenía yo a Mireya, aunque apenas la vi cinco o seis veces en la vida. Su voz era tan tierna, su sonrisa tan alegre, su mirada tan inocente.
        Una vez, cuando aún estaba aprendiendo a manejar, nos llevó a mi abuela y a mí a su apartamento de Ocumare de la Costa. Todo el tiempo estuvo anunciando que al llegar nos prepararía un jugo de naranja, zanahoria y remolacha —nada más coherente con la decoración de su casa, en la que casi todo era blanco o anaranjado... o blanco y anaranjado—. Yo, cruelmente, le dejé casi todo el jugo en el vaso.
        Poco después, embarazada de su segundo hijo, sintió un dolor en el vientre. Corrieron todos al hospital, donde interpretaron que se le había adelantado el parto y la obligaron a parir. Por fortuna, el niño nació bien, pero ella no soportó el esfuerzo de dar a luz al mismo tiempo que la atormentaba el dolor de una apendicitis.
        El muchacho es Miguel Rafael, mi padrino. Su voz de tenor resuena en mi memoria cada vez que entro en su casa de Laguna Honda. No sé si recuerdo a Miguel antes de que comprara aquel carrito azul que mimaba más que a Rosario, su novia. Un día en que estuvo en mi casa, vino a recogernos en él su padre, mi tío Miguel Delpino; mi abuela, Miguel Rafael y yo nos sentamos en el asiento trasero. Mi abuela le comentó que era extraño verlo en otro asiento que el del piloto y él respondió: “No le pares bola a esa vaina, Juanita Lárez, que la gente importante va en el asiento de atrás”.
        También era un jocoso creador de términos nuevos, generalmente obscenos; quizá el más conocido de ellos era darle a alguien su par de medias suelas, que significaba disfrutar con alguien relaciones sexuales.
        Hasta mis 15 años, el ideal de cena navideña era la que preparaba Miguel para todos cada diciembre junto con Rosario y mi tía Teresa. Aquella mesa larga y de muchas sillas, llena de comida y de postres, no he vuelto a verla en ninguna parte.
        En marzo de 1984, era tan joven como Mireya, pero una noche, en su casa de Caracas, a unas cuadras de la de ella, ocurrió un accidente catastrófico en su cerebro. El golpe interior lo tumbó al piso y de ahí no se levantó nunca más.


lunes, 29 de junio de 2020

Francisco




Francisco Esteban LÁREZ MORENO
(Juan Griego, 4 oct. 1925 / Playa El Agua, 2 mar. 1981)
Séptimo hijo de Andrés Avelino LÁREZ (1886-1966)
y Francisca Josefa MORENO (1891-1966)





Encontré esta foto entre las muchísimas que atesoraba en una gaveta Miguel Delpino. Mi tía Teresa me explicó que en los años 50, en el centro de Caracas, los fotógrafos le tomaban fotos de sorpresa a la gente en la calle y luego se las ofrecían para que las pagaran. Mi tío, obviamente, accedió.
Yo recuerdo a este risueño hermano de mi abuela de su última época, cuando se mudó con Nelly, la madre los tres más jóvenes de sus 13 hijos, a la calle de atrás de la nuestra en Tari Tari. Tenía un Fiat Mirafiori rojo, en el que apenas cabía y a cuya gritería a menudo nos uníamos mis hermanos y yo.
El 31 de diciembre de 1980, en la casa de Chu Lárez, donde nos reunimos muchos para recibir el Año Nuevo, contento por el reciente nacimiento de su décima cuarta hija, María Beatriz, pasó toda la noche diciendo en voz alta: «Este es mi año, caraj, este es mi año». Yo elucubraba que en 1981 iba a ampliar su pequeña posada para turistas. Pero en marzo, en el Carnaval más triste que yo pueda recordar, entendí que la vida se estaba despidiendo de él. Aquel día Playa El Agua, haciendo honor a su fama de violenta y traicionera, nos lo devolvió desnudo, inerte y sin sonrisa.


lunes, 22 de junio de 2020

Leopoldo





Leopoldo Andrés MALAVER LÁREZ
(Caracas, 8 nov. 1969 / Güiria, 25 dic. 2007)
Segundo hijo de Miriam Esther LÁREZ (1945)




Esta foto fue tomada, que yo recuerde, en 1988 por Joe Backus, un amigo canadiense de mi hermano (también llamado cariñosamente Popo) en la playa de Manzanillo, Nueva Esparta. Nunca he sabido cómo se conocieron Popo y Joe ni cómo se las arreglaron para llegar a la casa de Tari Tari sin comprenderse. Lo que sé es que Popo llevó a Joe a casa para que yo, que estaba de vacaciones, le sirviera de intérprete y yo también terminé haciéndome amigo suyo. Y después sumamos a nuestro primo Freddy.
Popo en esa época, en que no trabajaba aún en la PTJ, era como un atleta, como un galán: hacía deportes, iba a fiestas, disfrutaba la vida bastante a la ligera, pero era, como siempre fue, un buen muchacho. Después se convirtió en detective —aunque desde antes Freddy había comenzado a apodarlo “el Bigote Agresivo” por alusión al personaje de Tom Selleck en la serie Magnum—. Y se casó. Y nació Lilia, su primera hija. Y después comenzó a engordar desproporcionadamente, que fue, eso parece, lo que aceleró el agotamiento de su corazón.
Cómo lo extraño... todos los días.


domingo, 5 de mayo de 2019

Noche del 4 de mayo

Edgardo Malaver






     Durante la noche, Juan Bautista se despertó varias veces a causa de la misma pesadilla. Un hombre le ofrecía una pluma y él firmaba con ella un documento. Y mientras levantaba la mano de la hoja, levantaba también la vista hacia la puerta del salón, donde súbitamente se oía el palabrerío sordo de todos los hombres importantes de la ciudad. La puerta, extrañamente, daba hacia el mar, y él podía ver un centinela que hacía la ronda de la mañana en el castillo. Pero delante de la imagen del castillo, rodeada de las flores y sarmientos primorosamente pintados en el marco de la puerta, había aparecido ahora la de una mujer que llevaba un vestido amarillo, con una perla grande sobre el pecho. La mujer entró en el salón caminando con un paso lento, como si no se decidiera a entrar de lleno o acercarse a él. Al final llegó frente a él, a un paso de su mano derecha, que aún sostenía la pluma. La mujer lo miraba con ojos acribillados de un dolor que aún no había sufrido pero que no iba a poder evitar. Entonces él separó los labios para decir algo, pero en ese instante ella se inclinó con gracia sobre la hoja de papel. Pareció leer las primeras líneas y después, al ver al final del documento el nombre de su marido, echó a llorar como quien lo ha perdido todo. La mujer, cogiéndose las faldas con las dos manos, se dio la vuelta y salió corriendo de la sala. Sólo entonces reconoció Juan Bautista a Luisa, su mujer, y cuando la pluma cayó de sus manos, otra vez despertó.

martes, 23 de enero de 2018

El ciclo de Eduardo Fernández

Edgardo Malaver


Como homenaje a los venezolanos que lograron, hace 60 años, la caída de la horrorosa dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, Un Lapicero Azul reproduce aquí un artículo de su editor aparecido hace días en Efecto Cocuyo.

 
Al final, hasta el padre Madariaga
contribuyó a la huida de Pérez Jiménez


Al final, Eduardo Fernández va a tener razón. En 1988, cuando era candidato a la presidencia contra Carlos Andrés Pérez, Fernández afirmó que en Venezuela, los grandes cambios sucedían cada 30 años. Quién sabe si, ahora que falta tan poco para que se cumplan 30 años de aquella afirmación, acabar con todo este zaperoco histórico que vive Venezuela sea cuestión de simplemente esperar el parto, que no puede más que suceder.
Fernández preveía que ese año ganaría las elecciones y todo iba a cambiar; acabaría, por lo menos, con 10 años seguidos de gobierno de Acción Democrática. Resulta que ganó Pérez, que era lo que parecía más probable, pero no dejó de cumplirse el ciclo... y la profecía. El 27 de febrero de 1989, apenas 25 días después del cambio de gobierno, Caracas explotó en una andanada de saqueos, de violencia y de muerte, que acaso haya sido el acontecimiento social más doloroso de todo el siglo XX en Venezuela.
El hecho histórico anterior fue el de enero de 1958, cuando Marcos Pérez Jiménez y su dictadura volaron en un avión lleno de dinero, para no regresar nunca al poder. En diciembre de ese año hubo elecciones libres y comenzó el período de democracia, de gobiernos civiles, más prolongado que haya vivido Venezuela.
Treinta años antes, un grupo de muchachos que estudiaban en la Universidad Central de Venezuela habían organizado una protesta tan contundente contra el gobierno de Juan Vicente Gómez, que terminaron en las mazmorras o en el exilio, pero quedó claro que ya la sociedad venezolano no soportaba más el peso de la dictadura. Fue tan importante, tan llena de contenido aquella manifestación, que de ella nació la que terminaría llamándose Generación del 28, cuyos miembros fueron los protagonistas de los acontecimientos de 1958. Probablemente era la juventud la que los estimulaba a enfrentarse al dictador más sanguinario que haya parido Venezuela.
Antes de eso, en 1898, un envalentonado Cipriano Castro, secundado por un entonces tímido Gómez, su compadre, había reunido en su Táchira natal un pequeño grupo de hombres que para emprender la aventura de sus vidas: cabalgar hasta Caracas para arrebatarles el poder a los pretensiosos y afrancesados políticos del centro, que, según él, estaban hundiendo a Venezuela. Echando tiros a diestra y siniestra, llegaron a la capital y cambiaron la silla del caballo por la del palacio de gobierno. Ya sabemos que las cosas cambiaron... para peor. Y, como diría Francisco Herrera Luque —si no me está traicionando la memoria—, estos fueron “60 hombres que se quedaron 60 años”. Sesenta años... dos veces 30.
Treinta años antes de la llegada de los andinos al poder, en octubre de 1867, a la vuelta de sus vacaciones en Coro, el mariscal Juan Crisóstomo Falcón, presidente de la república, se había encontrado la capital alborotada —y en realidad muchísimos lugares de Venezuela— y ya no le queda tiempo suficiente, ni destreza ni partidarios, para detener la Revolución Azul. La revuelta se había venido fraguando desde la llegada de Falcón al poder, poco después de la Guerra Federal, pero en 1868 la situación, largamente descuidada por el presidente, terminó reuniendo en su contra a liberales y conservadores. La Revolución Azul trajo de vuelta a la escena, e indirectamente al poder, a José Tadeo Monagas, cuyo derrocamiento había sido una de las principales causas de la guerra en la década anterior.
El acontecimiento anterior, aunque significativo, quizá sea menos interesante. En 1838, José Antonio Páez gana las elecciones gracias a su defensa del gobierno de Carlos Soublette.
El acontecimiento importante de 1808 no sucedió en Venezuela, pero fue tan decisivo que trajo como consecuencia, nada menos, la independencia. Ese año, engañando a Manuel Godoy, primer ministro de Carlos IV, Napoleón Bonaparte invadió España y les impuso a su hermano José a los españoles como nuevo rey. No hace falta detallar las repercusiones de este amable gesto napoleónico, pero en abril de 1810, unos “niñitos de papá” de Caracas pusieran contra la pared —y de espaldas a José Cortés de Madariaga— a Vicente Emparan, capitán general de Venezuela, es decir, el representante del encarcelado rey de España. Emparan ese mismo día desapareció de la historia.
Quizá no valga la pena seguir buscando pruebas para la validez del “ciclo de Eduardo Fernández”. Quién sabe si la llamada “situación” venezolana alcanza los 74 años y luego se soluciona pacífica y lentamente. Otra posibilidad es que se concrete una de las paradojas más hirientes de la historia venezolana, que dentro de 90 años todavía haya alguien que escriba: “Al final, Fernández va a tener razón...”.
Lo que sí parece urgente es encontrar una fórmula para despejar esta incógnita, que alguien (y si es alguien que tenga poder, mucho mejor) se percate de que el 2018 es una oportunidad de oro que ofrece la historia para llegar a una solución... porque el dominó está tan trancado que los más pobres, que somos la mayoría de las mayorías, ya no tenemos más piezas que lanzar a la mesa.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Miguel

Edgardo Malaver






         Una noche en que no podía dormir a causa de una endemoniada discusión con doña Catalina, Cervantes se asomó a la ventana sur de su habitación deseando que el aire limpio del campo de Esquivias le tranquilizara la sangre, que después de varias horas sentía encolerizada aún en las venas. Aunque no era luna llena y estaban a mitad de la primavera, observó que una luz inusualmente clara cubría las siembras y que los ruidos de la noche se habían opacado, que el cielo no había oscurecido al final de la tarde.
         Entre una fanega y otra, a lo lejos, se acercaban dos cabalgaduras seguidas por una carreta grande y harto adornada que, sin embargo, no exhibía ningún rastro de la cruz. Tampoco traía trazas de ser de moros ni gitanos. Cervantes temió que fueran maleantes o bárbaros mal disfrazados de alguna farándula circense y salió de la habitación para ir a la sala principal. Abriendo la ventana que daba al solar de la calle, adivinó unos pasos que se le acercaba por detrás, pero se determinó a ignorarlos pensando que eran los de su mujer. Abierta la ventana, pudo ver con más claridad los rostros de los dos hombres que guiaban la caravana, ambos ataviados con unas sayas muy coloridas y divididas sobre el pecho, pero que les cubrían ambas piernas a los costados de los caballos. Tenían unos ojos tan pequeños que parecían traerlos cerrados, y sus bigotes y barbicies eran tan ralos, que Cervantes no creía haber visto seres semejantes.
         Un minuto más tarde, creyó recordar un grupo que había visto en Italia tiempo antes, que llevaba vestiduras similares. Él era tan joven, que tuvo que preguntar si aquellos seres provenían de otro lugar de Italia, si venían de allende la mar o aun si, como se daban el aire, eran hombres. Un oficial de mayor rango junto a él bromeó en castellano diciendo que habría que enviar a alguien al Purgatorio a traer de vuelta a Marco Polo para que sirviera de intérprete. Como todos se persignaron a la mención del santo nombre, los visitantes unánimemente hicieron una reverencia.
         Fue entonces que Cervantes entendió de dónde debían provenir y se quedó con la idea de que, luego, podían ser humanos. Ninguno de los soldados supo si los extranjeros habían reconocido el nombre del antiguo explorador, del Purgarorio o de los dos; lo que quedaba claro era que hablaban castellano.
         —Son chinos —dijo Cervantes cuando, detrás de él, la doncella de doña Catalina preguntó si aquellos seres eran hombres o bestias.
         —¡¿De la China?! —preguntó como asustada la muchacha.
         —Claro, niña, sólo siendo de la China serían chinos.
         —¡Ave, María Purísima, refugio de los desamparados! —exclamó persignándose mientras corría hacia la recámara de su ama.
         Cervantes entonces levantó la tranca de la puerta principal de la casa. Aunque desde la ventana parecía faltarles aún algún trecho para llegar, abierta la puerta, los hombres ya se habían apeado de los caballos y lo esperaban en actitud respetuosa para saludarlo con una reverencia perfectamente sincronizada.
         —Nos disculpamos por venir a alterar la paz de vuestro hogar, honorable señor —dijo el de ellos que debía ser el jefe, con un acento que no impedía comprender ninguna de sus palabras.
         —¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó Cervantes.
         —Venimos de parte del emperador de la China.
         Cervantes pensó que estaba soñando.
         —¿De qué puede servir a tan encumbrado monarca este humilde soldado?
         Los dos hombres se miraron.
         —Teníamos sabido que vuestra merced era poeta.
         —Aunque lo tengo en menos que el título de hombre de armas, sí, también soy poeta.
         —¿Os apellidáis Cervantes?
         —El mismo que viste y calza.
         —A oídos de nuestro emperador ha llegado la noticia de que vuestra eminencia habéis publicado la historia del afamado y nunca bien ponderado hidalgo don Quijote de la Mancha, el caballero de la triste figura.
         Cervantes arrugó el entrecejo, pero guardó silencio.
         —Ambiciona el emperador nuestro señor que vos le enviéis un ejemplar de la historia del hidalgo. Además de eso, desea nuestro amo y señor fundar en la capital del imperio un colegio donde se enseñe la lengua castellana y ha determinado en su indetenible voluntad que el libro que lean los infantes en la susodicha escuela sea la historia verdadera del caballero don Quijote que vos habéis escrito.
         No sabiendo qué responder, Cervantes simuló que entendía bien y que le interesaba mucho lo que le narraban los visitantes.
         —¿Y en qué puedo yo servir al señor vuestro rey? —repitió dando un paso al frente.
         —Desea su Majestad que vuestra merced acepte ser el rector de tal colegio, que nada le daría tanto placer a su magnánimo corazón.
         Cervantes se acarició la barba y lentamente se volteó para dirigir la mirada a la ventana de la habitación alta donde acaso dormía ya doña Catalina.
         Volvió a mirar a los hombres y preguntó:       
         —¿Sabéis vosotros, estimables amigos, si el señor emperador de la China ha enviado para mí alguna ayuda de costa?
         Otra vez los extranjeros se miraron, cruzaron un par de frases en su lengua nativa y el de mayor rango le respondió a Cervantes:
         —¿Os referís a costas de vuestro viaje a la China?
         —Hombre, claro, a las costas, al salario, a lo que he de ganar, dinero.
         Los dos bajaron la mirada. Dijeron ambos que no.
         Cervantes entonces miró la noche de la Mancha rendida a su alrededor, penetrada por la luz de la luna; miró la casa de los Salazar, la casa más grande en que él hubiera vivido; miró la ventana de doña Catalina, donde brillaba ahora la vela de la lámpara; miró el portón de los caballos, que daba al patio inmenso, al fondo del cual estaba el extenso corral de gallinas; miró por el otro lado las trinitarias que se desbordaban sobre la pared blanca de los jardines, poblados en ocasiones de rosas perfumadas y de abejas atolondradas; miró la calle que llevaba al centro de Esquivias, a la iglesia, a la plaza mayor; miró las siembras, que ahora serían suyas, y miró la llanura, sintió su calor y su seco perfume; miró el cielo y se miró a sí mismo. Se miró como en un ensueño, parado en medio de una tierra de fantasía, delante de una tentación avasallante que, de cierto, le no le prometía nada.
         Después devolvió la mirada a los hombres que estaban frente a él.
         —Pues, hermanos —les dijo—, os digo con dolor de mi pecho que debéis volver a vuestra China, porque yo no estoy con salud suficiente para ponerme en tan largo viaje. Y, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros.
         Los chinos hicieron otra reverencia a Cervantes y éste, como reviviendo aquella escena de Italia, se persignó. Ellos caminaron en silencio hasta sus caballos, montaron y se fueron.

         Él, mientras tanto, se vio al frente de su casa en mitad de la noche cerrada, solitario junto a las trinitarias adormecidas, con la sensación irreprimible de haber estado hablando solo.

jueves, 1 de junio de 2017

Los números ordinales de la república

 Edgardo Malaver




A la incontable multitud de estudiantes que, demasiado jóvenes aún,
han muerto en las calles de Venezuela en los últimos 60 días

         Milagros Socorro publicó la semana pasada un artículo en la revista Clímax en que afirma con verdad: “Está claro que el lenguaje es una conducta”. Ciertamente, así como uno comunica, expresa, dice algo al hacer las cosas, también está uno haciendo algo al decir cualquier palabra que diga. El artículo de Socorro trata del atrevimiento del gobernador Henrique Capriles contra el presidente de la República. El acto de habla de Capriles, el de insultar, equivalió —y no sólo en la visión de la autora— a lanzar una piedra a la frente del gobierno en medio de las cotidianas y enormemente desproporcionadas agresiones de los cuerpos de seguridad del Estado contra los manifestantes en la calles de Venezuela durante todo el mes de abril y el mayo que ya va a terminar. Lanzando gases, chorros de agua, metras, puños, culatazos y balas, el gobierno informa al pueblo que no tiene derecho a exigir derechos —ni aun a la vida— y, lanzando una palabra, la oposición intenta descargarse de la rabia, la tristeza y el dolor de la muerte. De lejos quizá no, pero en el asfalto o junto a la tumba de un hijo, ese desbalance —el político y el lingüístico— es una daga punzante.
         En medio de este reguero de sangre, el presidente ha convocado a una asamblea constituyente, con lo cual retrocedemos, cuando menos, a 1999. Ese año comenzó a construirse, más discursiva que jurídicamente, una “noción” que se ha llamado “quinta república”. El recién contratado presidente de aquel momento argumentó que como se iba a redactar una nueva constitución, nacía una nueva república en la que pretendía erradicar los vicios de la anterior. Lo había anunciado en la campaña electoral, de modo que no le fue difícil implantar la idea en las encandiladas mentes de las mayorías. Lo apoyaba la mayoría, también cegada por el relámpago de la novedad, que tenía el exsoldado —¡ja!— en su Asamblea Constituyente. (Lo que es más, dijo que el país iba a llamarse “República Bolivariana de Venezuela” y al principio la Constituyente lo discutió y no lo aprobó, pero él refunfuñó y al día siguiente lo complacieron.) Pura creación de la lengua: toda una situación concreta, que modificaba radicalmente la vida de millones y millones de personas, salida de un par de palabras de un solo hombre.
         Cada vez que en los últimos 20 años he oído decir algo como “Esto no era así en la cuarta”, he intentado introducir la idea, casi nunca escuchada, de que aún estamos en la cuarta república, la que nació al disolverse la Gran Colombia en 1830. Los poquísimos que me han escuchado me han respondido: “Pero hay una nueva constitución”. De ser así, la actual sería en realidad la vigésima sexta república. ¿Dónde está la falacia? ¿Qué marca el fin de una república y el comienzo de otra?
         La Primera República, fundada con la adopción de la Constitución Federal de 1811, se extinguió el 25 de julio de 1812, con la Capitulación de San Mateo ante el general español Domingo Monteverde. (Esto significa que murió la república, el intento de echar adelante una nación nueva, ya no existía más.) La Segunda, nacida el 3 de agosto de 1813, cuando Santiago Mariño liberó Cumaná, pereció en la Quinta Batalla de Maturín el 11 de diciembre de 1814. (Otra vez dejó de existir Venezuela como país.) La Tercera se instaló en Angostura el 18 de julio de 1817 y desapareció el 17 de diciembre de 1819, al sumarse, por decisión del Congreso, a la recién fundada República de Colombia. (O sea, por tercera vez, Venezuela retrocede a la condición de provincia de otro Estado, ahora republicano.) Finalmente, el 6 de mayo de 1830, principalmente por influencia de José Antonio Páez, Venezuela reestableció sus instituciones republicanas y amaneció la Cuarta República. Desde entonces, por más laberíntica que haya sido la historia constitucional, no ha habido interrupción en la existencia de la república, ni siquiera de horas. Guerras civiles, vacíos de poder, gobiernos de facto, juntas de gobierno, democracia, alianzas cívico-militares, fraudes electorales, intentos de invasión, crisis económicas, presidencias efímeras y prolongadas, buenas y malas épocas, idas y vueltas, nada ha causado la ruptura ni el cese de la Cuarta República en 187 años.
         Aunque está claro que es un asunto que deben respondernos ante todo los profesionales del estudio científico de la historia y del derecho, parece fácil entender que lo que sucedió en 1999 había sucedido también en 1857, en 1858, en 1864, en 1874, en 1881, en 1891, en 1893, en 1901, en 1904, en 1909, en 1914, en 1922, en 1925, en 1928, en 1931 (estas últimas seis, por cierto, aprobadas para complacer a un solo presidente: Juan Vicente Gómez), en 1936, en 1947, en 1953 y en 1961. Probablemente en algunos casos, o en todos, la necesidad de adoptar una nueva constitución fue disfrazada de urgencia de “abolir los viejos vicios del pasado”, pero nunca se abolió la república jurídicamente ni se creó una nueva. En 1999 tampoco.
         La conclusión es que la “quinta república” existe apenas en el discurso político, adoptado con demasiada facilidad por la mayoría, incorporado activamente a su habitual “conducta”, como dice Socorro, aunque la historiografía aún ponga en duda la existencia de tal período histórico.
         Como ya sabemos, lo que llega al discurso, no se va de la mente de los hablantes y se propaga de generación en generación. Pero el problema no es el discurso, sino la poca reflexión que se hace al respecto. Y ahora que se ha convocado una nueva constituyente, aunque 79,9 por ciento de los venezolanos no la cree necesaria o se opone a ella, hay quienes han comenzado a hablar de la “sexta república”. Más palabras, pero... ¿más conciencia? Más lenguaje para crear más conductas. El peligro ahora, incalculable por incierto y por inmenso, es que esta vez, si termina realizándose, lo que puede llegar a convertirse en puro y simple discurso, vacío de significado y sin representación concreta en la realidad, es la república misma, sin números ordinales.

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lunes, 4 de mayo de 2015

¿Quién nació el 4 de Mayo?

Edgardo Malaver Lárez



            A usted tal vez nunca se le haya ocurrido —no lo culpo—, pero a mí me sucedió una vez preguntarme por qué la avenida 4 de Mayo se llamaría 4 de Mayo. Ahora seguramente usted está suponiendo que ese día se recuerda en Margarita algún acontecimiento feliz o alguna fecha muy triste, pero que lo más probable —se dice mientras lee— es que alguien importante naciera ese día, o algo así. De repente —también es probable—, habrá oído decir a algún margariteño que ese fue el día en que Colón descubrió la isla. Lo que usted quizá no haya advertido es que el 4 de Mayo está exactamente a quince días del recordadísimo 19 de Abril.
            Pero no, no se celebra el nacimiento de nadie importante en esa fecha... al menos en Nueva Esparta. Lo que pasó en Margarita el 4 de mayo de 1810 fue algo muy simple: un grupo de margariteños formó un movimiento revolucionario que se adhirió al que había nacido quince días en Caracas. El joven Juan Bautista Arismendi se confabuló con otros blancos prominentes para deponer al gobernador de la provincia, Joaquín Puelles, y constituir una junta gubernativa que representara en la isla a la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Don Rafael de Guevara fue nombrado gobernador político y Arismendi, con el grado de coronel, asumió la comandancia de armas. Manuel Plácido Maneiro, otro de los insurgentes, fue nombrado diputado al Congreso. Eso es todo.
            Pero eso es historia. La pregunta importante es ¿qué vamos a hacer hoy con el 4 de Mayo? Considerando el notable empeño que muestra el sistema educativo venezolano en que un número cada vez mayor de ciudadanos ignore la historia de su país, parece que no podemos hacer nada. Pero yo creo que, aquí entre usted y yo, podemos por lo menos pensar.
            No sé qué pensará usted, pero a mí no me parece razonable que la importancia de cualquier fecha histórica deba medirse, como se acostumbra en Venezuela, por las hazañas de las personas que vivieron hace muchas generaciones y con quienes nadie ve clara otra relación que no sea la existencia de algunos nombres de lugares que casi nadie ha visitado y que se van cayendo pedazo a pedazo. Habrá quien diga, por supuesto, que todos estos nombres y fechas que recuerdan hechos heroicos del pasado funcionan como “ideales unificadores de la identidad nacional” y cosas así. Sí, muy bien, pero ¿nos ha servido eso para algo más productivo que no hacer nada porque “hemos nacido en una tierra de héroes”? Dígame, ¿a usted le parece esto sensato?
            Ahora que ya usted sabe lo que pasó y que se da cuenta de que ya no estamos en esa realidad, ¿qué le parece la idea de no tener que pensar más en 1810 y cambiar la historia otra vez, así, autónomamente, individualmente, por usted mismo, a partir de ahora? No me diga que no le entusiasma la idea de sentirse Juan Bautista Arismendi a lo casi siglo XXI?
            Pues, fíjese. En realidad, lo que pasó el 4 de Mayo fue que Margarita se declaró suficientemente adulta como para separarse de España y suficientemente madura como para declararse fiel a Venezuela. Lo ocurrido aquel solo día le granjeó a esta pequeña isla el grande honor de figurar, bajo la forma de una estrella, en la bandera de todo un país. El 4 de Mayo es la evidencia de que Margarita, aun separada físicamente del resto del país, se sumaba a la visión inspirada de un futuro nuevo que nacía en Caracas; es la evidencia de que se plegaba a la postura de aquel muchacho que clamó en el Cabildo: “¿Es que trescientos años de calma no bastan?”.
            ¿No le parece a usted también que 187 años de problemas eternamente pospuestos, eternamente irresolutos, 187 años de hablar y no hacer nada, o de no hablar ni hacer nada, ya son suficientes? ¿Qué está esperando para declararse, usted también, por su cuenta, suficientemente adulto para desprenderse de un poder que se aprovecha de usted, y suficientemente maduro para serle fiel, con todo lo que tiene, a la idea liberadora de trabajar por lo que desea?
            El 4 de Mayo, si no lo vamos a ver como una muestra de lo que podemos ser y hacer, sino para sentirnos orgullosos de algo que no logramos nosotros mismos, con nuestro trabajo, es mejor olvidarlo. El 4 de Mayo, si no va a enseñarnos nada, es mejor que siga siendo sólo  el nombre de una avenida.
            Pero si el 4 de Mayo va a servir para que usted y yo nazcamos de nuevo y nos levantemos mañana lunes a trabajar mejor, como si todo dependiera de nosotros; si el 4 de Mayo va a servir para que cada año usted y yo saquemos la cuenta de lo que hemos logrado desde el 4 de Mayo anterior; si el 4 de Mayo va a servir para que usted y yo, los dos solitos, les dejemos a nuestros hijos el deseo de seguir buscando y seguir encontrando, entonces valdrá la pena seguir viviendo en Margarita... aunque no sepamos quién nació el 4 de Mayo.

Originalmente aparecido en Margarita es Todo, Pampatar, Venezuela, N° 1, mayo-junio de 1997, pág. 3.

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domingo, 31 de agosto de 2014

Julio Ramón

Edgardo Malaver



     El carrusel no encendió sino cuando llegó Julio Ramón. Él se subió al carrusel, y fue entonces cuando comenzó la gritería de todos los niños.

sábado, 30 de agosto de 2014

Rosauro

Edgardo Malaver



23 de julio
            Hoy estuve en Altagracia. Ya había comentado antes que pueden fastidiarme estas ceremonias. Tiene que pasar algo extraordinario —ah, sí, claro, algo extraordinario, que se cumpla el propósito de la educación, ¿qué más pide uno?— para que, después de llegar a casa no me arrepienta de haber aceptado ir a presenciar cómo siempre vamos para atrás. Todos juntos, ni siquiera son unos cuantos entre miles, somos todos, y todos juntos y en comparsa.
            Acepté ir esta vez porque Héctor Rojas, que fue mi alumno, no podía contener más la energía de su entusiasmo, y porque Felipe Rosas, que fue mi compañero de bachillerato, lo apoyaba con esa parquedad desabrida de Felipe que a veces parece indiferencia, pero que en el fondo es una columna que sostiene a los que confían en él. Sólo les pedí que no me hicieran esperar demasiado, que no me dejaran una hora, dos, tres, sentado frente a la gente, como si fuera yo un viejo venerable al que sólo se puede exhibir porque es demasiado sabio para conversar con él. Les pedí que abreviaran la ceremonia, pero que, más que eso, la aprovecharan como una oportunidad didáctica para que los niños no se fueran de la escuela sin haber aprendido algo. “Si eres capaz de atraer su atención a pesar del ruido, de las ganas de jugar, del deseo de portarse mal sólo porque sus padres están presentes, ya eres maestro”, repitió Héctor, como quien repite en salmo.
            —No te puedes quejar, compañero—intervino Felipe, sacándose la pipa de la boca—. El muchacho te cita de memoria.
            —Gracias al Señor, ya no es un muchacho.
            Acepté, entonces, para no decepcionar a Héctor y para no hacerle un desaire a Felipe, que es el director de la escuela.
            Esta mañana, después de desayunar, me di cuenta de que no había escrito el discurso. Por más sencillo que fuera a ser el acto, no podía ser yo, que había pedido que lo fuera, el que desentonara. Me tardé poco más de una hora en escribir tres cuartillas y llamé a María Lucía para que viniera en la tarde a llevarme a Altagracia. Como a las tres, me llamó para decirme que no podía venir pero que me enviaba a su yerno para que me llevara. El muchacho se llamaba Andrés. Conducía muy bien. Llegamos en poco tiempo, o así me pareció a mí, porque Andrés resultó ser el mejor conversador que he conocido en veinte años, de modo que el viaje fue placentero.
            En la escuela de Altagracia, que lleva el honroso nombre de José Cortés de Madariaga —y lo tienen escrito un rótulo hermoso de aquellos de los tiempos de Pérez Jiménez, pulido hoy y adornado con flores blancas y rojas para la promoción—, me tropecé primero con un portero que me reconoció y quiso que yo hablara con el gobernador para interceder por un hijo suyo que no encuentra empleo. Anoté su nombre y el de su hijo, pero le dije que no podía prometerle nada.
            Unos pasos más adelante, estaban unas muchachas jóvenes, que no hacían más que reírse, con lo cual sospeché que eran maestras recién salidas de un horno. Cerca de la oficina de Felipe, la primera a la izquierda, un grupo de niños vestidos de pulcros pantalones azules y esplendorosas camisas blancas hacían algo como ensayar una obra de teatro. Como había llegado temprano, decidí sentarme a mirarlos, tratando de no perturbarlos, hasta que alguien me reconociera y le avisara a Felipe.
            Uno de los niños pareció molestarse con los demás porque éstos no respetaban estrictamente el orden de los parlamentos. Se sentó junto a mí, con el libreto entre manos. Le pregunté qué obra iban a representar y me contesto orgulloso:
            —La esquina del miedo.
            —Ah, Rengifo —dije yo.

            —Sí. Pero ellos no se lo han aprendido y dicen lo que les parece, se saltan unas partes, y luego no se entiende lo que pasa en la obra.

martes, 26 de agosto de 2014

Julio

Edgardo Malaver




            Un día, cuando tenía unos doce años, leyendo un libro de H.G. Wells en un parque cerca de su casa, Julio Cortázar levantó la vista y vio venir hacia él al hombre invisible. El desconocido llegó a pie desde la estación del ferrocarril. Llevaba en la mano bien enguantada una pequeña maleta negra. Iba envuelto de los pies a la cabeza, el ala de su sombrero de fieltro le tapaba todo el rostro y sólo dejaba al descubierto la punta de su nariz. El muchacho no le despegaba los ojos.
            El hombre se sentó a su lado y puso la maleta entre los dos.
            —¿Libros? —preguntó Julio.
            El hombre invisible, moviéndose, los miró.
            —Sí, sí —dijo—. Son libros.
            —En los libros hay cosas extraordinarias —continuó Julio, como si estuviera recitando un texto aprendido tiempo antes, y empezó a hojear el libro hacia atrás.
            —Ya lo creo —dijo el otro.
            —Y también hay cosas extraordinarias que no se encuentran en los libros —señaló Julio.
            —También es verdad —dijo el hombre invisible, mirando a su interlocutor de arriba abajo.
            —En este libro... —añadió Julio, como si hubiera encontrado la página que buscaba—, en este libro se cuenta una historia sobre un hombre invisible, por ejemplo.
            —¡Qué barbaridad! ¿Y dónde ha sido eso, en Austria o en América?
            —En ninguno de los dos sitios —leyó el niño—. Ha sido aquí.
            —No me juzgues por esa escena. No podía permitir que Marvel se fuera a confabular con el marinero. No podía hacer otra cosa.
            El joven Cortázar cerró el libro al darse cuenta de que su extraño compañero se desviaba del diálogo original. Para intentar tenerlo a raya, le dijo:
            —Pero ahora somos tres los testigos.
            El hombre invisible, sin embargo, lo atajó:
            —Sólo uno. Ya no estamos en Iping.
            —Pero yo, como puede ver, no le tengo miedo, como Marvel. Y yo puedo verlo.
            —Está bien, hijo. Tú ganas. ¿Qué quieres?
            —¿Qué quiere usted?
            —En primer lugar, ese libro —el muchacho lo apretó contra su pecho—. En segundo, algo de ropa: me muero de frío.
            Julio sonrió.
            —Yo no tengo que contarlo lo que quiero a cambio.
            —No sé si puedo ayudarte.
            Julio miró hacia su derecha. Observó su casa, las rosas que cultivaba su madre, las señoras que pasaban al frente. Observó la puerta cerrada, la ventana de su cuarto, que había dejado abierta, la cantidad de luz que incidía sobre la calle.
            —No le quedan muchos minutos para decidirse. Mi madre pronto va a llamarme para que vaya a comer.
            El hombre invisible se levantó y se quitó el sombrero. Lo puso sobre los libros y le dijo al niño:
            —Acepto.
            —¿Y cómo...?
            —Mira los libros.
            No se había dado cuenta, pero el sombrero había invisibilizado los libros. Asombrado, Julio miró otra vez al hombre invisible, que comenzaba a convertirse en una leve sombra sobre el verde de los árboles.
            —Es decir...
            —¡Sí! ¡Apúrate, sólo tenemos unos segundos!
            Julio comenzó a quitarse la camisa. Después de unos segundos, el hombre invisible estaba totalmente vestido y el muchacho, casi desnudo, se puso el sombrero. Luego se apresuró a echarle mano a su libro de Wells, y, dándole la mano al su interlocutor, comenzó a caminar a hacia su casa.
            —Espera —llamó el hombre invisible—, dejas algo.
            —No —dijo Julio—. Conserve su diario.
            Y lo vio seguir su camino hacia su casa, como flotando sobre la grama. Logró adivinar sus huellas hasta que no pudo distinguirlo más en el momento en que debía estar, quizá, cruzando la calle.
            Segundos después, la ventana de Julio se cerraba sin hacer ruido, como si una mano imperceptible la moviera desde adentro.