viernes, 29 de septiembre de 2017

Miguel

Edgardo Malaver






         Una noche en que no podía dormir a causa de una endemoniada discusión con doña Catalina, Cervantes se asomó a la ventana sur de su habitación deseando que el aire limpio del campo de Esquivias le tranquilizara la sangre, que después de varias horas sentía encolerizada aún en las venas. Aunque no era luna llena y estaban a mitad de la primavera, observó que una luz inusualmente clara cubría las siembras y que los ruidos de la noche se habían opacado, que el cielo no había oscurecido al final de la tarde.
         Entre una fanega y otra, a lo lejos, se acercaban dos cabalgaduras seguidas por una carreta grande y harto adornada que, sin embargo, no exhibía ningún rastro de la cruz. Tampoco traía trazas de ser de moros ni gitanos. Cervantes temió que fueran maleantes o bárbaros mal disfrazados de alguna farándula circense y salió de la habitación para ir a la sala principal. Abriendo la ventana que daba al solar de la calle, adivinó unos pasos que se le acercaba por detrás, pero se determinó a ignorarlos pensando que eran los de su mujer. Abierta la ventana, pudo ver con más claridad los rostros de los dos hombres que guiaban la caravana, ambos ataviados con unas sayas muy coloridas y divididas sobre el pecho, pero que les cubrían ambas piernas a los costados de los caballos. Tenían unos ojos tan pequeños que parecían traerlos cerrados, y sus bigotes y barbicies eran tan ralos, que Cervantes no creía haber visto seres semejantes.
         Un minuto más tarde, creyó recordar un grupo que había visto en Italia tiempo antes, que llevaba vestiduras similares. Él era tan joven, que tuvo que preguntar si aquellos seres provenían de otro lugar de Italia, si venían de allende la mar o aun si, como se daban el aire, eran hombres. Un oficial de mayor rango junto a él bromeó en castellano diciendo que habría que enviar a alguien al Purgatorio a traer de vuelta a Marco Polo para que sirviera de intérprete. Como todos se persignaron a la mención del santo nombre, los visitantes unánimemente hicieron una reverencia.
         Fue entonces que Cervantes entendió de dónde debían provenir y se quedó con la idea de que, luego, podían ser humanos. Ninguno de los soldados supo si los extranjeros habían reconocido el nombre del antiguo explorador, del Purgarorio o de los dos; lo que quedaba claro era que hablaban castellano.
         —Son chinos —dijo Cervantes cuando, detrás de él, la doncella de doña Catalina preguntó si aquellos seres eran hombres o bestias.
         —¡¿De la China?! —preguntó como asustada la muchacha.
         —Claro, niña, sólo siendo de la China serían chinos.
         —¡Ave, María Purísima, refugio de los desamparados! —exclamó persignándose mientras corría hacia la recámara de su ama.
         Cervantes entonces levantó la tranca de la puerta principal de la casa. Aunque desde la ventana parecía faltarles aún algún trecho para llegar, abierta la puerta, los hombres ya se habían apeado de los caballos y lo esperaban en actitud respetuosa para saludarlo con una reverencia perfectamente sincronizada.
         —Nos disculpamos por venir a alterar la paz de vuestro hogar, honorable señor —dijo el de ellos que debía ser el jefe, con un acento que no impedía comprender ninguna de sus palabras.
         —¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó Cervantes.
         —Venimos de parte del emperador de la China.
         Cervantes pensó que estaba soñando.
         —¿De qué puede servir a tan encumbrado monarca este humilde soldado?
         Los dos hombres se miraron.
         —Teníamos sabido que vuestra merced era poeta.
         —Aunque lo tengo en menos que el título de hombre de armas, sí, también soy poeta.
         —¿Os apellidáis Cervantes?
         —El mismo que viste y calza.
         —A oídos de nuestro emperador ha llegado la noticia de que vuestra eminencia habéis publicado la historia del afamado y nunca bien ponderado hidalgo don Quijote de la Mancha, el caballero de la triste figura.
         Cervantes arrugó el entrecejo, pero guardó silencio.
         —Ambiciona el emperador nuestro señor que vos le enviéis un ejemplar de la historia del hidalgo. Además de eso, desea nuestro amo y señor fundar en la capital del imperio un colegio donde se enseñe la lengua castellana y ha determinado en su indetenible voluntad que el libro que lean los infantes en la susodicha escuela sea la historia verdadera del caballero don Quijote que vos habéis escrito.
         No sabiendo qué responder, Cervantes simuló que entendía bien y que le interesaba mucho lo que le narraban los visitantes.
         —¿Y en qué puedo yo servir al señor vuestro rey? —repitió dando un paso al frente.
         —Desea su Majestad que vuestra merced acepte ser el rector de tal colegio, que nada le daría tanto placer a su magnánimo corazón.
         Cervantes se acarició la barba y lentamente se volteó para dirigir la mirada a la ventana de la habitación alta donde acaso dormía ya doña Catalina.
         Volvió a mirar a los hombres y preguntó:       
         —¿Sabéis vosotros, estimables amigos, si el señor emperador de la China ha enviado para mí alguna ayuda de costa?
         Otra vez los extranjeros se miraron, cruzaron un par de frases en su lengua nativa y el de mayor rango le respondió a Cervantes:
         —¿Os referís a costas de vuestro viaje a la China?
         —Hombre, claro, a las costas, al salario, a lo que he de ganar, dinero.
         Los dos bajaron la mirada. Dijeron ambos que no.
         Cervantes entonces miró la noche de la Mancha rendida a su alrededor, penetrada por la luz de la luna; miró la casa de los Salazar, la casa más grande en que él hubiera vivido; miró la ventana de doña Catalina, donde brillaba ahora la vela de la lámpara; miró el portón de los caballos, que daba al patio inmenso, al fondo del cual estaba el extenso corral de gallinas; miró por el otro lado las trinitarias que se desbordaban sobre la pared blanca de los jardines, poblados en ocasiones de rosas perfumadas y de abejas atolondradas; miró la calle que llevaba al centro de Esquivias, a la iglesia, a la plaza mayor; miró las siembras, que ahora serían suyas, y miró la llanura, sintió su calor y su seco perfume; miró el cielo y se miró a sí mismo. Se miró como en un ensueño, parado en medio de una tierra de fantasía, delante de una tentación avasallante que, de cierto, le no le prometía nada.
         Después devolvió la mirada a los hombres que estaban frente a él.
         —Pues, hermanos —les dijo—, os digo con dolor de mi pecho que debéis volver a vuestra China, porque yo no estoy con salud suficiente para ponerme en tan largo viaje. Y, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros.
         Los chinos hicieron otra reverencia a Cervantes y éste, como reviviendo aquella escena de Italia, se persignó. Ellos caminaron en silencio hasta sus caballos, montaron y se fueron.

         Él, mientras tanto, se vio al frente de su casa en mitad de la noche cerrada, solitario junto a las trinitarias adormecidas, con la sensación irreprimible de haber estado hablando solo.

jueves, 1 de junio de 2017

Los números ordinales de la república

 Edgardo Malaver




A la incontable multitud de estudiantes que, demasiado jóvenes aún,
han muerto en las calles de Venezuela en los últimos 60 días

         Milagros Socorro publicó la semana pasada un artículo en la revista Clímax en que afirma con verdad: “Está claro que el lenguaje es una conducta”. Ciertamente, así como uno comunica, expresa, dice algo al hacer las cosas, también está uno haciendo algo al decir cualquier palabra que diga. El artículo de Socorro trata del atrevimiento del gobernador Henrique Capriles contra el presidente de la República. El acto de habla de Capriles, el de insultar, equivalió —y no sólo en la visión de la autora— a lanzar una piedra a la frente del gobierno en medio de las cotidianas y enormemente desproporcionadas agresiones de los cuerpos de seguridad del Estado contra los manifestantes en la calles de Venezuela durante todo el mes de abril y el mayo que ya va a terminar. Lanzando gases, chorros de agua, metras, puños, culatazos y balas, el gobierno informa al pueblo que no tiene derecho a exigir derechos —ni aun a la vida— y, lanzando una palabra, la oposición intenta descargarse de la rabia, la tristeza y el dolor de la muerte. De lejos quizá no, pero en el asfalto o junto a la tumba de un hijo, ese desbalance —el político y el lingüístico— es una daga punzante.
         En medio de este reguero de sangre, el presidente ha convocado a una asamblea constituyente, con lo cual retrocedemos, cuando menos, a 1999. Ese año comenzó a construirse, más discursiva que jurídicamente, una “noción” que se ha llamado “quinta república”. El recién contratado presidente de aquel momento argumentó que como se iba a redactar una nueva constitución, nacía una nueva república en la que pretendía erradicar los vicios de la anterior. Lo había anunciado en la campaña electoral, de modo que no le fue difícil implantar la idea en las encandiladas mentes de las mayorías. Lo apoyaba la mayoría, también cegada por el relámpago de la novedad, que tenía el exsoldado —¡ja!— en su Asamblea Constituyente. (Lo que es más, dijo que el país iba a llamarse “República Bolivariana de Venezuela” y al principio la Constituyente lo discutió y no lo aprobó, pero él refunfuñó y al día siguiente lo complacieron.) Pura creación de la lengua: toda una situación concreta, que modificaba radicalmente la vida de millones y millones de personas, salida de un par de palabras de un solo hombre.
         Cada vez que en los últimos 20 años he oído decir algo como “Esto no era así en la cuarta”, he intentado introducir la idea, casi nunca escuchada, de que aún estamos en la cuarta república, la que nació al disolverse la Gran Colombia en 1830. Los poquísimos que me han escuchado me han respondido: “Pero hay una nueva constitución”. De ser así, la actual sería en realidad la vigésima sexta república. ¿Dónde está la falacia? ¿Qué marca el fin de una república y el comienzo de otra?
         La Primera República, fundada con la adopción de la Constitución Federal de 1811, se extinguió el 25 de julio de 1812, con la Capitulación de San Mateo ante el general español Domingo Monteverde. (Esto significa que murió la república, el intento de echar adelante una nación nueva, ya no existía más.) La Segunda, nacida el 3 de agosto de 1813, cuando Santiago Mariño liberó Cumaná, pereció en la Quinta Batalla de Maturín el 11 de diciembre de 1814. (Otra vez dejó de existir Venezuela como país.) La Tercera se instaló en Angostura el 18 de julio de 1817 y desapareció el 17 de diciembre de 1819, al sumarse, por decisión del Congreso, a la recién fundada República de Colombia. (O sea, por tercera vez, Venezuela retrocede a la condición de provincia de otro Estado, ahora republicano.) Finalmente, el 6 de mayo de 1830, principalmente por influencia de José Antonio Páez, Venezuela reestableció sus instituciones republicanas y amaneció la Cuarta República. Desde entonces, por más laberíntica que haya sido la historia constitucional, no ha habido interrupción en la existencia de la república, ni siquiera de horas. Guerras civiles, vacíos de poder, gobiernos de facto, juntas de gobierno, democracia, alianzas cívico-militares, fraudes electorales, intentos de invasión, crisis económicas, presidencias efímeras y prolongadas, buenas y malas épocas, idas y vueltas, nada ha causado la ruptura ni el cese de la Cuarta República en 187 años.
         Aunque está claro que es un asunto que deben respondernos ante todo los profesionales del estudio científico de la historia y del derecho, parece fácil entender que lo que sucedió en 1999 había sucedido también en 1857, en 1858, en 1864, en 1874, en 1881, en 1891, en 1893, en 1901, en 1904, en 1909, en 1914, en 1922, en 1925, en 1928, en 1931 (estas últimas seis, por cierto, aprobadas para complacer a un solo presidente: Juan Vicente Gómez), en 1936, en 1947, en 1953 y en 1961. Probablemente en algunos casos, o en todos, la necesidad de adoptar una nueva constitución fue disfrazada de urgencia de “abolir los viejos vicios del pasado”, pero nunca se abolió la república jurídicamente ni se creó una nueva. En 1999 tampoco.
         La conclusión es que la “quinta república” existe apenas en el discurso político, adoptado con demasiada facilidad por la mayoría, incorporado activamente a su habitual “conducta”, como dice Socorro, aunque la historiografía aún ponga en duda la existencia de tal período histórico.
         Como ya sabemos, lo que llega al discurso, no se va de la mente de los hablantes y se propaga de generación en generación. Pero el problema no es el discurso, sino la poca reflexión que se hace al respecto. Y ahora que se ha convocado una nueva constituyente, aunque 79,9 por ciento de los venezolanos no la cree necesaria o se opone a ella, hay quienes han comenzado a hablar de la “sexta república”. Más palabras, pero... ¿más conciencia? Más lenguaje para crear más conductas. El peligro ahora, incalculable por incierto y por inmenso, es que esta vez, si termina realizándose, lo que puede llegar a convertirse en puro y simple discurso, vacío de significado y sin representación concreta en la realidad, es la república misma, sin números ordinales.

emalaver@gmail.com

lunes, 4 de mayo de 2015

¿Quién nació el 4 de Mayo?

Edgardo Malaver Lárez



            A usted tal vez nunca se le haya ocurrido —no lo culpo—, pero a mí me sucedió una vez preguntarme por qué la avenida 4 de Mayo se llamaría 4 de Mayo. Ahora seguramente usted está suponiendo que ese día se recuerda en Margarita algún acontecimiento feliz o alguna fecha muy triste, pero que lo más probable —se dice mientras lee— es que alguien importante naciera ese día, o algo así. De repente —también es probable—, habrá oído decir a algún margariteño que ese fue el día en que Colón descubrió la isla. Lo que usted quizá no haya advertido es que el 4 de Mayo está exactamente a quince días del recordadísimo 19 de Abril.
            Pero no, no se celebra el nacimiento de nadie importante en esa fecha... al menos en Nueva Esparta. Lo que pasó en Margarita el 4 de mayo de 1810 fue algo muy simple: un grupo de margariteños formó un movimiento revolucionario que se adhirió al que había nacido quince días en Caracas. El joven Juan Bautista Arismendi se confabuló con otros blancos prominentes para deponer al gobernador de la provincia, Joaquín Puelles, y constituir una junta gubernativa que representara en la isla a la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Don Rafael de Guevara fue nombrado gobernador político y Arismendi, con el grado de coronel, asumió la comandancia de armas. Manuel Plácido Maneiro, otro de los insurgentes, fue nombrado diputado al Congreso. Eso es todo.
            Pero eso es historia. La pregunta importante es ¿qué vamos a hacer hoy con el 4 de Mayo? Considerando el notable empeño que muestra el sistema educativo venezolano en que un número cada vez mayor de ciudadanos ignore la historia de su país, parece que no podemos hacer nada. Pero yo creo que, aquí entre usted y yo, podemos por lo menos pensar.
            No sé qué pensará usted, pero a mí no me parece razonable que la importancia de cualquier fecha histórica deba medirse, como se acostumbra en Venezuela, por las hazañas de las personas que vivieron hace muchas generaciones y con quienes nadie ve clara otra relación que no sea la existencia de algunos nombres de lugares que casi nadie ha visitado y que se van cayendo pedazo a pedazo. Habrá quien diga, por supuesto, que todos estos nombres y fechas que recuerdan hechos heroicos del pasado funcionan como “ideales unificadores de la identidad nacional” y cosas así. Sí, muy bien, pero ¿nos ha servido eso para algo más productivo que no hacer nada porque “hemos nacido en una tierra de héroes”? Dígame, ¿a usted le parece esto sensato?
            Ahora que ya usted sabe lo que pasó y que se da cuenta de que ya no estamos en esa realidad, ¿qué le parece la idea de no tener que pensar más en 1810 y cambiar la historia otra vez, así, autónomamente, individualmente, por usted mismo, a partir de ahora? No me diga que no le entusiasma la idea de sentirse Juan Bautista Arismendi a lo casi siglo XXI?
            Pues, fíjese. En realidad, lo que pasó el 4 de Mayo fue que Margarita se declaró suficientemente adulta como para separarse de España y suficientemente madura como para declararse fiel a Venezuela. Lo ocurrido aquel solo día le granjeó a esta pequeña isla el grande honor de figurar, bajo la forma de una estrella, en la bandera de todo un país. El 4 de Mayo es la evidencia de que Margarita, aun separada físicamente del resto del país, se sumaba a la visión inspirada de un futuro nuevo que nacía en Caracas; es la evidencia de que se plegaba a la postura de aquel muchacho que clamó en el Cabildo: “¿Es que trescientos años de calma no bastan?”.
            ¿No le parece a usted también que 187 años de problemas eternamente pospuestos, eternamente irresolutos, 187 años de hablar y no hacer nada, o de no hablar ni hacer nada, ya son suficientes? ¿Qué está esperando para declararse, usted también, por su cuenta, suficientemente adulto para desprenderse de un poder que se aprovecha de usted, y suficientemente maduro para serle fiel, con todo lo que tiene, a la idea liberadora de trabajar por lo que desea?
            El 4 de Mayo, si no lo vamos a ver como una muestra de lo que podemos ser y hacer, sino para sentirnos orgullosos de algo que no logramos nosotros mismos, con nuestro trabajo, es mejor olvidarlo. El 4 de Mayo, si no va a enseñarnos nada, es mejor que siga siendo sólo  el nombre de una avenida.
            Pero si el 4 de Mayo va a servir para que usted y yo nazcamos de nuevo y nos levantemos mañana lunes a trabajar mejor, como si todo dependiera de nosotros; si el 4 de Mayo va a servir para que cada año usted y yo saquemos la cuenta de lo que hemos logrado desde el 4 de Mayo anterior; si el 4 de Mayo va a servir para que usted y yo, los dos solitos, les dejemos a nuestros hijos el deseo de seguir buscando y seguir encontrando, entonces valdrá la pena seguir viviendo en Margarita... aunque no sepamos quién nació el 4 de Mayo.

Originalmente aparecido en Margarita es Todo, Pampatar, Venezuela, N° 1, mayo-junio de 1997, pág. 3.

emalaver@gmail.com

domingo, 31 de agosto de 2014

Julio Ramón

Edgardo Malaver



     El carrusel no encendió sino cuando llegó Julio Ramón. Él se subió al carrusel, y fue entonces cuando comenzó la gritería de todos los niños.

sábado, 30 de agosto de 2014

Rosauro

Edgardo Malaver



23 de julio
            Hoy estuve en Altagracia. Ya había comentado antes que pueden fastidiarme estas ceremonias. Tiene que pasar algo extraordinario —ah, sí, claro, algo extraordinario, que se cumpla el propósito de la educación, ¿qué más pide uno?— para que, después de llegar a casa no me arrepienta de haber aceptado ir a presenciar cómo siempre vamos para atrás. Todos juntos, ni siquiera son unos cuantos entre miles, somos todos, y todos juntos y en comparsa.
            Acepté ir esta vez porque Héctor Rojas, que fue mi alumno, no podía contener más la energía de su entusiasmo, y porque Felipe Rosas, que fue mi compañero de bachillerato, lo apoyaba con esa parquedad desabrida de Felipe que a veces parece indiferencia, pero que en el fondo es una columna que sostiene a los que confían en él. Sólo les pedí que no me hicieran esperar demasiado, que no me dejaran una hora, dos, tres, sentado frente a la gente, como si fuera yo un viejo venerable al que sólo se puede exhibir porque es demasiado sabio para conversar con él. Les pedí que abreviaran la ceremonia, pero que, más que eso, la aprovecharan como una oportunidad didáctica para que los niños no se fueran de la escuela sin haber aprendido algo. “Si eres capaz de atraer su atención a pesar del ruido, de las ganas de jugar, del deseo de portarse mal sólo porque sus padres están presentes, ya eres maestro”, repitió Héctor, como quien repite en salmo.
            —No te puedes quejar, compañero—intervino Felipe, sacándose la pipa de la boca—. El muchacho te cita de memoria.
            —Gracias al Señor, ya no es un muchacho.
            Acepté, entonces, para no decepcionar a Héctor y para no hacerle un desaire a Felipe, que es el director de la escuela.
            Esta mañana, después de desayunar, me di cuenta de que no había escrito el discurso. Por más sencillo que fuera a ser el acto, no podía ser yo, que había pedido que lo fuera, el que desentonara. Me tardé poco más de una hora en escribir tres cuartillas y llamé a María Lucía para que viniera en la tarde a llevarme a Altagracia. Como a las tres, me llamó para decirme que no podía venir pero que me enviaba a su yerno para que me llevara. El muchacho se llamaba Andrés. Conducía muy bien. Llegamos en poco tiempo, o así me pareció a mí, porque Andrés resultó ser el mejor conversador que he conocido en veinte años, de modo que el viaje fue placentero.
            En la escuela de Altagracia, que lleva el honroso nombre de José Cortés de Madariaga —y lo tienen escrito un rótulo hermoso de aquellos de los tiempos de Pérez Jiménez, pulido hoy y adornado con flores blancas y rojas para la promoción—, me tropecé primero con un portero que me reconoció y quiso que yo hablara con el gobernador para interceder por un hijo suyo que no encuentra empleo. Anoté su nombre y el de su hijo, pero le dije que no podía prometerle nada.
            Unos pasos más adelante, estaban unas muchachas jóvenes, que no hacían más que reírse, con lo cual sospeché que eran maestras recién salidas de un horno. Cerca de la oficina de Felipe, la primera a la izquierda, un grupo de niños vestidos de pulcros pantalones azules y esplendorosas camisas blancas hacían algo como ensayar una obra de teatro. Como había llegado temprano, decidí sentarme a mirarlos, tratando de no perturbarlos, hasta que alguien me reconociera y le avisara a Felipe.
            Uno de los niños pareció molestarse con los demás porque éstos no respetaban estrictamente el orden de los parlamentos. Se sentó junto a mí, con el libreto entre manos. Le pregunté qué obra iban a representar y me contesto orgulloso:
            —La esquina del miedo.
            —Ah, Rengifo —dije yo.

            —Sí. Pero ellos no se lo han aprendido y dicen lo que les parece, se saltan unas partes, y luego no se entiende lo que pasa en la obra.

martes, 26 de agosto de 2014

Julio

Edgardo Malaver




            Un día, cuando tenía unos doce años, leyendo un libro de H.G. Wells en un parque cerca de su casa, Julio Cortázar levantó la vista y vio venir hacia él al hombre invisible. El desconocido llegó a pie desde la estación del ferrocarril. Llevaba en la mano bien enguantada una pequeña maleta negra. Iba envuelto de los pies a la cabeza, el ala de su sombrero de fieltro le tapaba todo el rostro y sólo dejaba al descubierto la punta de su nariz. El muchacho no le despegaba los ojos.
            El hombre se sentó a su lado y puso la maleta entre los dos.
            —¿Libros? —preguntó Julio.
            El hombre invisible, moviéndose, los miró.
            —Sí, sí —dijo—. Son libros.
            —En los libros hay cosas extraordinarias —continuó Julio, como si estuviera recitando un texto aprendido tiempo antes, y empezó a hojear el libro hacia atrás.
            —Ya lo creo —dijo el otro.
            —Y también hay cosas extraordinarias que no se encuentran en los libros —señaló Julio.
            —También es verdad —dijo el hombre invisible, mirando a su interlocutor de arriba abajo.
            —En este libro... —añadió Julio, como si hubiera encontrado la página que buscaba—, en este libro se cuenta una historia sobre un hombre invisible, por ejemplo.
            —¡Qué barbaridad! ¿Y dónde ha sido eso, en Austria o en América?
            —En ninguno de los dos sitios —leyó el niño—. Ha sido aquí.
            —No me juzgues por esa escena. No podía permitir que Marvel se fuera a confabular con el marinero. No podía hacer otra cosa.
            El joven Cortázar cerró el libro al darse cuenta de que su extraño compañero se desviaba del diálogo original. Para intentar tenerlo a raya, le dijo:
            —Pero ahora somos tres los testigos.
            El hombre invisible, sin embargo, lo atajó:
            —Sólo uno. Ya no estamos en Iping.
            —Pero yo, como puede ver, no le tengo miedo, como Marvel. Y yo puedo verlo.
            —Está bien, hijo. Tú ganas. ¿Qué quieres?
            —¿Qué quiere usted?
            —En primer lugar, ese libro —el muchacho lo apretó contra su pecho—. En segundo, algo de ropa: me muero de frío.
            Julio sonrió.
            —Yo no tengo que contarlo lo que quiero a cambio.
            —No sé si puedo ayudarte.
            Julio miró hacia su derecha. Observó su casa, las rosas que cultivaba su madre, las señoras que pasaban al frente. Observó la puerta cerrada, la ventana de su cuarto, que había dejado abierta, la cantidad de luz que incidía sobre la calle.
            —No le quedan muchos minutos para decidirse. Mi madre pronto va a llamarme para que vaya a comer.
            El hombre invisible se levantó y se quitó el sombrero. Lo puso sobre los libros y le dijo al niño:
            —Acepto.
            —¿Y cómo...?
            —Mira los libros.
            No se había dado cuenta, pero el sombrero había invisibilizado los libros. Asombrado, Julio miró otra vez al hombre invisible, que comenzaba a convertirse en una leve sombra sobre el verde de los árboles.
            —Es decir...
            —¡Sí! ¡Apúrate, sólo tenemos unos segundos!
            Julio comenzó a quitarse la camisa. Después de unos segundos, el hombre invisible estaba totalmente vestido y el muchacho, casi desnudo, se puso el sombrero. Luego se apresuró a echarle mano a su libro de Wells, y, dándole la mano al su interlocutor, comenzó a caminar a hacia su casa.
            —Espera —llamó el hombre invisible—, dejas algo.
            —No —dijo Julio—. Conserve su diario.
            Y lo vio seguir su camino hacia su casa, como flotando sobre la grama. Logró adivinar sus huellas hasta que no pudo distinguirlo más en el momento en que debía estar, quizá, cruzando la calle.
            Segundos después, la ventana de Julio se cerraba sin hacer ruido, como si una mano imperceptible la moviera desde adentro.

domingo, 24 de agosto de 2014

Jorge Luis

Edgardo Malaver


            Ah, caramba, no está en casa el doctor Borges. Dígale, por favor... ¿Usted es su hijo? Sí, señor. Bien, jovencito, dígale a su padre que hemos venido a felicitarlo por la traducción. Además... ¿Los señores desean entrar y esperarlo? Es probable que esté cerca de llegar. Bueno, tenemos asuntos que atender en lo que queda de mañana. Pero será un placer para mi madre atenderlos durante unos minutos, y a mi padre le alegrará el día verlos aquí al llegar. En lo que a mí respecta, puede quedarme unos veinte minutos. Muy bien, doctor Menotti, adelante. Bueno, yo... Venga, doctor, entusiásmese, que una charla con el doctor Borges siempre es agradable. Bienvenidos, señores, tomen asiento. Discúlpenme un instante mientras voy a dar aviso a mi madre. Muy bien, hijo, te esperamos. Oiga, Menotti, yo tengo que pasar por la notaría antes de las 12: de eso depende mi herencia. No se mortifique, Del Vecchio, ya llegará, eso es aquí mismo, a dos cuadras. Pero entienda que la segunda mujer de mi padre tiene un aboga… Del Vecchio, usted tiene el mejor abogado de Buenos Aires, que soy yo. Muchas gracias, doctor Fonseca, pero este retraso me pone nervioso. No, hombre, aquí todos somos abogados, hasta el padre de Gutiérrez es abogado, ¿no es cierto? Sí, señor. ¿Ve?, es cuestión de confianza. Ya verá usted cuando llegue Borges que habrá valido la pena. Además, amigo mío, amigos míos, el doctor Borges es el hombre indicado para... Buenos días, distinguidos caballeros. ¡Doña Leonor...! Buenos días, señora... Qué placer ver a tan bella dama... Déjeme besarle las manos... Caramba, qué honrada me siento. Parece que hubieran venido a verme a mí. Vinimos a saludar un instante a su letrado marido, pero los dioses son benevolentes con nosotros. Muchas gracias, doctor Menotti. Siéntense, por favor, ya he ordenado que nos traigan té. Sí, pero va a ser verdaderamente un instante, doña Leonor, porque algunos tenemos algunas diligencias urgentes... ¡Del Vecchio, por el amor de Dios! Doña Leonor, nosotros como amigos fidelísimos de su señor esposo, hemos decidido venir a presentarle nuestras felicitaciones por un excelente trabajo que apareció hoy en el diario, del cual nos ha hecho percatarnos el doctor Menotti. ¿Un trabajo de mi esposo? Pues bien, le haré llegar sus palabras. ¿No lo ha leído usted? No, doctor, he estado ocupada en la mañana de hoy. Fonseca, ¿tiene el diario por ahí?, ¿puede leernos algún fragmento especialmente atractivo de la traducción para que doña Leonor llene sus oídos del talento con el que Dios la unió en matrimonio? Claro que sí, doctor Menotti. Señora, está listo el té. Servilo, por favor. A nosotros nos parece que es una traducción exquisita. Da a la narración aportes que pueden ser senderos nuevos para entender al autor. Sí, ciertamente, yo creo que esta traducción enamora a lector con un lenguaje que en ocasiones pareciera naturalmente infantil, pero que sabemos que autor y traductor han elegido conscientemente para lograr esta consecuencia: el disfrute y el deleite de un cuento de hadas moderno. ¿No, señores? Ciertamente... Discúlpenme los señores, creo que quien llega es mi marido. Buenos días, querida. ¿Qué son esas voces? ¿Quiénes están ahí? Unos señores que han venido a felicitarte por un... Al final no sirvió de nada cambiar de periódico, volvieron a descubrirme, voy a tener que ponerme otro nombre. Georgie, hijo, ¿qué haces escondido detrás de esa cortina?

domingo, 17 de agosto de 2014

Vidiadhar

Edgardo Malaver

            Le emocionaba que su hermano Vidia que estudiaba en Oxford viniera a visitarlos en sus primeras vacaciones. Qué suerte que, además, su hermano cumpliera años durante las vacaciones. Al terminar la cena, le ha preguntado qué desea estudiar cuando sea grande. Y él no ha sabido que responderle porque la idea de lo que quiere ser es demasiado grande para caberle en la cabeza, es demasiado hermosa para dejarle en paz el corazón, demasiado íntima para contestar apenas le preguntan. Los labios del niño no se mueven porque él siente toda su sangre acelerarse y precipitarse por todo su cuerpo. Siente que se le calientan las orejas y le sudan las manos. Si estuviera de pie, necesitaría sentarse porque se le doblarían las rodillas. Su garganta se ha cerrado y su respiración se dificulta. Por fortuna, el padre hace un comentario sobre el plato que saborean y todos se ven en la necesidad de responder. La atención de la familia se centra ahora en el dictamen del padre acerca de la comida de la India, con lo cual el niño alcanza a respirar y volver a mirar las cosas con unos ojos que no huyen de nada.
            Más tarde, en la sala, junto a los estantes en que se agrupan los libros del padre, Shiva y Vidia se han sentado a conversar. Así lo llama el hermano mayor, porque para Shiva no es más que otra ocasión, auspiciada por su hermano, para sacarle información de algo que no ha podido averiguar de otra forma. Sabe que, aunque no lo admita, el niño lucha dentro de sí para hacer aflorar la respuesta a la pregunta de la cena, la pregunta que más le han hecho los adultos, lucha dentro de sí por encontrar a quién poder respondérsela en voz baja con la certeza eterna de que nunca habrá de saberlo nadie más. Ahora que “vuelve a conocer a su hermano”, ha oído su propia voz animándose a intentar que brote de su intimidad ese inasible secreto, que es más como una palpitación, más como una estremecimiento contenido que se le agolpa en la raíz de la lengua.
            —Entonces, Shiva, ¿vas a decirme o no lo que deseas estudiar cuando seas grande? —pregunta el hermano mayor, inclinándose un poco hacia la derecha sobre el sofá para hablarle más bajo al pequeño.
            —Lo que yo quiero ser de grande no se estudia.
            Eso se lo aclaraba todo a Vidia. No hacía falta que dijera ni una palabra más: él había sentido lo mismo a la misma edad; pero sabía que el niño —o más bien el fuego que lo incendiaba por dentro— necesitaba que le siguiera preguntando.
            —¿No se estudia? ¿Quieres ser zapatero?
            —No —respondió Shiva sonriendo.
            —Tienes razón, para ser zapatero hay que estudiar también —dijo, y sonrió a su vez—. ¿Quieres ser político?
            —No.
            Vidia se levantó con un movimiento rápido y caminó hacia uno de los estantes mientras se subía un poco los pantalones.
            —Ya sé, vas a ser banquero.
            —No.
            Buscó durante unos segundos un libro a la altura de su cabeza. Cuando lo encontró volvió a sentarse.
            —¿Tú sabes que Papá es periodista?
            —Sí. ¿Quieres ser periodista?
            —No.
            —Lo sé también. Mira, cuando yo tenía un poco más de edad que tú ahora, tuve esta conversación con Papá.
            El pequeño Shiva lo miró sorprendido, pero conservando el silencio. Algo le indicaba que si no interrumpía sabría más pronto la respuesta que deseaba hacer, ahora, él, a su hermano mayor.
            —Yo también tenía mucho miedo de decirle lo que quería estudiar. Sentía lo mismo que tú. Y, tal como te pasa a ti ahora, yo sentía en el pecho una agitación, una tormenta, un dolor que era bastante placentero, en realidad. ¿Me entien...? No, yo sé que me entiendes. ¿Verdad?
            —Sí.
            —Bueno, ese día, para ayudarme, Papá sacó este libro de la biblioteca y me dio un pedazo de papel y un lápiz. Y me dijo: “Escribe lo que quieres ser cuando seas grande y ponlo en este libro”. Y yo lo escribí y él abrió el libro al azar y yo puse el papel sin que él viera lo que decía. Era la página 121.
            El niño intentó ver el título para saber en qué libro buscar luego la página y saber lo que realmente quería estudiar su hermano mayor. Vidia le mostró la portada: era Robinson Crusoe, y continuó:
            —En la página 121, Robinson descubre que para hacer platos es bueno ponerlos al fuego. Dice: “This set me to studying how to order my fire”. Papá dice que es eso lo que tiene uno que hacer con el fuego que siente hacia un oficio. Hay que ordenarlo, calcularlo, dominarlo.
            Luego abrió el libro en la página 121 y sacó el pedazo de papel que había mencionado. Sin que el niño lo leyera, lo rasgó para darle la mitad a su hermano y devolvió su mitad al interior del libro. Le dijo:
            —Ahora escribe tú aquí lo que deseas ser de mayor.
            El niño lo hizo sin dudar un instante. El hermano mayor abrió el libro al azar y el otro puso su papel sin dejar que Vidia lo leyera.
            —Bueno, ahora tienes que leerlo para saber lo que yo escribí. ¡Y no te saltes las páginas!
            —Tú también, para saber lo que escribí yo.
            —Papá me lo ha leído —dijo Vidia devolviendo el libro; al voltear hacia el niño, agregó—: Pero ya sé lo que escribiste.
            —¡¿Cómo sabes?! ¡Hiciste trampa!
            —No, no, no. Sientes lo mismo que yo.
            El hermano mayor abrazó al más joven y salieron de la sala.

sábado, 16 de agosto de 2014

Charles

Edgardo Malaver



Querido Charlie:
            Lamento no haberte encontrado en casa. Me hubiera gustado conversar contigo sobre el favor que me pediste. Te dejo aquí la novela, que el editor amigo de mi padre no ha querido seguir leyendo. Ya sabes, demasiadas vulgaridades, dijo. Para serte honesta, totalmente honesta (porque yo soy tu amiga de veras), creo que no ha tenido otra razón para devolvérmela. Me entristece un poco eso, ¿sabes?, porque yo creía que iba a ser una gran novela. Iba a leerla la noche anterior a entregársela a Douglas, el editor, pero esa noche me fui a bailar con Sophie, mi amiga francesa que estaba desesperada por bailar con un americano, despedirse de la soltería en Estados Unidos, antes de irse a Francia a... despedirse eternamente de la soltería allá. Qué ligera es Sophie, ¿verdad? Me da risa, pero siempre parece más interesada en la fiesta, en el alcohol, en irse a la cama con americanos, sin importar sin son viejos o jóvenes, blancos o negros, bellos o feos. Pero es todo culpa tuya, Charlie, por hablarle de ese libro de Colingway. Ahora Sophie cree que tiene que regresar a París, a continuar la fiesta. No importa, yo no me molesto por esas menudencias, sólo me molestaría si te hubieras acostado con ella. ¿Te acostaste con ella, Charlie? Si lo hiciste, apresúrate a recoger tus bártulos, porque le meto fuego a todo en menos de un pensamiento.
            Pero ya basta, se me está acabando la hoja que me regaló el vendedor de cigarros (por favor, no te pongas celoso, que es un chiquillo de nada, lo del otro día no fue nada). Yo sólo quería que supieras que al editor no le gustó tu novela. Dice que desde el título en adelante es una porquería, es más, me preguntó si tenía una relación sentimental contigo y me siento mal por haberle mentido, pero la vida es así. Tuve que rogarle también que no le comentara a mi padre que le he llevado un manuscrito así. Se muere mi papá si sabe que escribes esas cosas. Yo no sé qué tienen de malo, si tú me has dicho que son las mismas cosas que hacemos en la cama.
            Ahora me voy, amor mío, tengo que ir con Sophie a su segunda despedida. Qué risa con esa chica, ¿verdad?
            Te amo, mi pequeño Charlie.

Linda



P.D.: Perdona si no he escrito bien el nombre de ese escritor que escribió el libro sobre París y la fiesta, no recuerdo bien tampoco el título. Perdona todos mis errores de ortografía.

viernes, 15 de agosto de 2014

Walter

Edgardo Malaver



            Apenas si pudo oír el ruido de la puerta antes de dormirse. A pesar de eso, oyó muy bien la orden del mayordomo del sultán, que logró en un instante y con una sola palabra que cientos de voces de mujeres que cacareaban en el harem callaran y sus cabezas se inclinaran en dirección a la puerta. El sultán entró sin mirar a nadie y a paso firme, seguido de su guardia.
            —Ordene el señor, que Alá guarde siempre —dijo el mayordomo bajando también la cabeza.
            —¡¿Dónde está Sherezade?! —tronó la voz del soberano.
            El rostro del sirviente se petrificó. La respuesta no gustaría a su señor y el pedido que le haría a continuación sería costosísimo para él. La salida más sencilla era contestar con la verdad.
            —Amable e indulgente comandante de los creyentes, Sherezade no vive en el harem.
            El sultán bajó la mirada y lo vio confundido. Inmediatamente caminó hacia la salida sin decir una palabra más y desapareció.
            Sherezade, por su parte, dormía tranquila en la casa de su padre. Nadie lo sabía, mucho menos el mayordomo del sultán, pero de esta manera había salvado su vida en las últimas doscientas veintisiete noches: huyendo, gracias al cansancio de la guardia de eunucos, a su lecho en el lar paterno y regresando discretamente antes del atardecer. Un  sirviente llegó sin aliento a la casa con la noticia de que el sultán deseaba ver a Sherezade y que nadie en el palacio había sabido dónde encontrarla. Nadie osó despertar a la muchacha, pero la mayor de las sirvientas le dijo al mensajero:
            —Dile al sultán que Sherezade no abrirá su boca durante el día. Ella sólo cuenta sus historias durante la noche y hasta él debe respetar esa norma.
            El muchacho abrió los ojos con temor. Exclamó:
            —¡Me matará a mí!
            —¿Sabe el sultán que viniste a chismear aquí?
            —No, no lo sabe.
            —Entonces, necio, no temas. ¡Guarda la lengua y conservarás la cabeza!
            En la tarde, el sultán se sentó temprano en su trono. No movía la vista de un solo punto: el pedazo de cielo que le dejaba ver la ventana. Esperaba a Sherezade, como todas las tardes.
            Sherezade llegó cuando apenas si escaseaba aún algún rayo de sol. Se sentó tal como lo hacía todos los días al sol poniente. Sin preámbulo, siguió contando la historia de la noche anterior desde el punto en que la había dejado:
            —“A pesar de mi desmayo”, dijo Simbad, “el importuno anciano se mantuvo siempre asido del cuello, y sólo separó un poco las piernas para que pudiera volver en mí. Cuando hube recobrado el sentido, me apoyé...”.
            —¡Un momento...! —rugió el sultán.
            —¿Qué acontece a mi amo y señor? —preguntó serenamente Sherezade.
            —¿Dónde estuviste durante el día?
            El sultán nunca le había preguntado semejante cosa, y mucho menos la había interrumpido con voz tan furiosa.
            —¿Deseas, amo mío, que detenga la narración de Simbad y te cuente la de un narrador de historias que un día tuvo que dejar de contar por causas ajenas a su deseo?
            El sultán comprendió de inmediato la amonestación que con la mirada le hacía la muchacha, y aplacó su ansia de saber si Sherezade había cometido algún desliz. Sin embargo, quiso saber de qué se trataba la historia del narrador de historias.
            —¿Falta mucho para terminar la historia de Simbad?
            —Sí, mi señor.
            —Entonces, te ordeno que me cuentes la historia que acabas de insinuar.
            Sherezade lo miró como esperando una palabra más. Él agregó:
            —Me gustaría, si no es demasiado pedir.
            Y ella continuó de buena gana:
            —En un lejano país, y también en un tiempo muy lejano aún, vivió un hombre de leyes que pretendía ser poeta.
            A lo lejos se oyó un ruido como de nudillos contra madera. Ninguno de los presentes pareció percatarse, sin embargo.
            —Un día, él y varios de sus amigos decidieron trabajar juntos en el negocio de los libros, trabajó mucho intentando acumular mucho dinero y al mismo tiempo escribir poesía sin revelar su verdadero nombre. Pero después de muchos años, después de alcanzar fama como como procurador y como juez, sin haber hecho fortuna en las letras y a punto de irse a pique en los negocios, murió su mujer, y el poeta, confiando en sus amigos, cometió el error de hacerse cargo de todas las deudas. Sin embargo, pronto se percató de que él estaba tan arruinado como los otros, y estuvo a punto de desesperarse. Una noche... —volvió a oírse el ruido de una mano que tocaba una puerta, pero esta vez sólo Sherezade detuvo su relato para buscar el origen del ruido. Al mirar al sultán, continuó—: Una noche, al irse a dormir, oyó que alguien tocaba la puerta de su casa, y sintió deseos de ir a abrirla, pero se quedó dormido. Soñó que una mujer contaba una larga historia y que, en su sueño, el visitante insistía tanto, que casi tumbaba la puerta. Ignoraba que el visitante venía a tocar a su puerta desde otras tierras y de otro tiempo, ya mucho antes idos, y que le traía la solución al problema qué él, por más que pensaba, no conseguía desentrañar.
            En este momento, ante el ruido de nudillos sobre madera, Sherezade detuvo su narración, ante la mirada sorprendida del sultán y los demás circunstantes, y se dirigió, como en aletargada, a la puerta de la estancia donde durante doscientas veintiocho noches había venido contando decenas de historias. Llegada a la puerta, la golpeó tal como antes había descrito que la golpeaba la persona que llamaba al poeta en su cuento. Golpeó tan fuerte y dando unos gritos tan alarmados e insistentes, que el sultán creyó que su sospecha de la tarde se confirmaba: Sherezade era víctima de un encanto que la hacía ir por todas partes como dormida y creerse las historias que contaba.
            Los golpes sobre la puerta y las voces que daba el visitante lograron que finalmente se levantara. Sin conciencia plena de lo que hacía, fue a abrir la puerta. Era una mujer.
            —¿Sir Walter Scott? —preguntó ella con timidez.
            —A su orden, señorita.
            —Sir Walter, le traigo la solución: utilice su propio nombre, firme usted mismo sus libros.
            A Scott se le confundieron las imágenes del presente y el pasado al mirar a la mujer. Aquel le pareció de repente un rostro conocido, pero tuvo la certeza de que no había hablado nunca con aquella mujer.
            —¿Yo la conozco, he hablado con usted recientemente?
            —Sí, señor: soy Sherezade.
            Y así despertó.