miércoles, 6 de agosto de 2014

Andrés Eloy

Edgardo Malaver

 

 

 

         Tenía que ser ella: era la única mujer que no estaba acompañada. Gallegos, sin embargo, la había descrito diferente. Se la había imaginado de más edad, de más peso, de ojos y cabellos más negros. Teniendo los cuidados que le había indicado el amigo en su llamada desde México, el poeta caminó hacia la mesa 14, donde, según Rómulo, se sentaría Sara Hernández Catá. Intentaba parecer uno más de los hombres que visitaban el Búho Blanco, pero pensando también que, siendo extranjero, nadie lo reconocería.

         —Buenos días —dijo separando una silla de la mesa.

         —Señor Blanco, presumo —respondió la muchacha.

         —Llámeme Andrés Eloy... o simplemente Andrés, si prefiere.

         —Muy bien. Usted puede llamarme Julieta.

         El poeta abrió los ojos del tamaño de sus órbitas. La sangre se le aceleró en el pecho. Comenzó a mirar en todas direcciones, pero no logró encontrar rostros sospechosos de ser espías, esbirros ni delatores. No había siquiera un policía fuera del restaurant. ¡¿Cómo que...

         —...Julieta?!

         —Julieta Capuletto.

         Andrés Eloy volvió a pensar que estaba atrapado.

         —¿Usted no es Sara?

         Se levantó.

         —No, Sara va a venir más tarde —dijo la muchacha, comprendiendo la confusión—. Me pidió que la disculpara con usted. Siéntese, Andrés, se lo ruego.

         —Pero... ¿quién es usted?

         La muchacha lo miró con el ceño fruncido:

         —Me llamo Julieta Capuletto, ya se lo he dicho.

         Andrés Eloy se sentó otra vez.

         —Perdóneme... Julieta, pero no es frecuente que uno tenga una conversación tan temprano en la mañana con un personaje de ficción.

         —Por eso estoy aquí, señor Blanco, para conversar con usted sobre unos personajes de ficción.

         Andrés Eloy ahora pensó que Julieta se burlaba de él.

         —Miré, señorita, mi presencia en La Habana no es un juego. Ni siquiera es un asunto literario, como me gustaría, sino un asunto político, y en este caso, “político” es sinónimo de “peligroso”, de modo que creo que está usted hablando con la persona equivocada.

         —Siempre lo es.

         —¿Qué?

         —La política siempre es peligrosa.

         Los dos se mantuvieron la mirada unos segundos, durante los cuales Andrés Eloy reflexionó sobre la torpeza que acababa de decir: no estaba en La Habana para jugar. El gobierno que representaba ya no existía. El presidente de la república, su amigo Rómulo Gallegos, ya no era presidente y estaban, como él, exiliado. Su partido había quedado fuera del juego después de la intervención de los militares. Regresar a Venezuela significaría volver a la cárcel. Cuánta razón tenía esta muchacha.

         El mesonero sirvió, como en todas las mesas, dos tazas de café sin mirar a los dos amigos.

         Decidió serenarse. No carecía de rasgos atractivos la conversación con aquel personaje que tan descaradamente declaraba estarlo buscando.

         —Andrés —volvió a comenzar Julieta—, ¿puedo contarle la historia que quiero que escriba?

         —¿La historia del “pesar que alarga las horas de Romeo”?

         —Sí, pero también las mías.

         —Naturalmente, son las mismas. Extraño destino de amor es tener que amar a un detestado enemigo.

         La muchacha iba a decir algo, cuando se le trancó la garganta con el dolor del recuerdo. Sus ojos iban a humedecerse, pero ella miró al techo, y cuando tuvo control de la emoción, continuó:

         —A sus oídos como que ya ha llegado mi historia, Sara me lo insinuó. Siendo así, tendrá menos dificultades de las que yo he imaginado. ¿Usted cree que sea posible escribir nuestra historia, de manera que mi padre y el de Romeo dejen de poner obstáculos a nuestro... romance?

         —No se sonroje, Julieta, que yo sé de lo que me habla.

         —Comprenderá usted que para mí no es sencillo hablar de estas cosas con un varón.

         —Sí, pero si vino a hablar con un poeta y vino a contarle una historia de amor, habrá comprendido que es inevitable entrar en...

         —Sí, sí, lo comprendo, pero yo me sonrojo hasta con mi confesor, imagínese.

         El poeta buscó en su mente algo que decir que la distrajera de su vergüenza.

         —¿Por qué no le propone su idea a Shakespeare, por ejemplo?

         —Lo hice —respondió ella, con una mueca de decepción—, pero al principio me evadió diciendo que él era el dramaturgo de la Corte, que sólo podía tomar encargos de la reina, y luego me di cuenta de que el problema con Shakespeare es que en el fondo es protestante. O quizá no lo sea, pero es demasiado inglés. Está descartado. Tiene que ser usted, Andrés, acepte, se lo ruego.

         —Caramba, ni siquiera intuía que me iba a tropezar en Cuba con semejante calidad de admiración en una persona tan joven.

         —En realidad yo soy de Verona, pero mi amiga Sara, que sí es de aquí, me leyó un poema suyo, Andrés, que me convenció de que usted es el hombre indicado para ayudarnos a Romeo y a mí.

         Julieta sacó de su cartera un libro de Andrés Eloy. Buscó la página 23 y leyó:

 

Es tener el corazón

entre las manos guardado,

y si ella pasa sentir

que se nos abren las manos.

 

         Después pareció querer continuar de memoria. Cerrando los ojos, recitó:

         —Me muero por preguntarte si es igual o es diferente y si es cierto que amando da tiempo de amarlo todo, tocar el borde y el fondo. Parece que amar es lo que abotona y querer lo que florece. Amar no es lo del deseo, amar es lo del servicio. Si querer es con la uña donde amar es con la yema...

         Andrés Eloy sonreía. La miraba con la ternura de un padre, con la compasión de un hermano. Le dijo:

         —Julieta, usted pone un iris en las cosas que me las llena de gracia.

         Entonces sonrió ella. Él se movió en la silla y, levantando el índice derecho, le dijo, como queriendo concederle algo de lo que pedía:

         —Le voy a dar una idea que leí una vez en una obra de teatro: finja que ha muerto. Mire, vaya a la farmacia, pida que le preparen uno de esos bebedizos que relajan tanto la mente y el cuerpo, que puede uno dormir veinticuatro horas sin pausa; pero escríbale una carta a Romeo y explíquele en ella la estratagema, de modo que no angustie por la noticia de su muerte. Cuando él llegue y la encuentre artificialmente muerta, ya no habrá razón para que no puedan huir juntos, puesto que ya nadie sospechará que él sigue pretendiéndola.

         Julieta lloraba decididamente.

         —Es demasiado arriesgado.

         —Como la política. Pero verá usted cómo dejan de odiarse las dos familias.

         Dicho esto, el poeta sintió que la Julieta que tenía al frente, fuera real o ficticia, no representaba peligro para él. La conversación siguió de tal manera que pronto no parecieron más ni menos que dos amigos que toman café mientras esperan a alguien.

         Después de unos cuantos minutos, la puerta del bar se abrió de repente. Los hombres miraron de arriba abajo a la mujer de frente amplia, ojos grandes y pelo crespo que entró caminando con paso sereno. Julieta miró por la ventana que tenía a la izquierda. Andrés Eloy dijo:

         —En Caracas, a esta mujer la declararían reina del Carnaval, sin hacer elecciones.

         Julieta volteó a verla y la reconoció.

         —Es Sara.


Guy

Edgardo Malaver

 

 

 

        ¿Lo dice en serio, doctor, leyó la carta? ¿No le parece la carta de un loco? Sí, ya usted me ha dicho que no puedo ser otra persona, que sólo puedo ser Maupassant, pero tengo que respirar alguna vez. No crea, doctor, que intento evadirme. No me evado, es sólo que... ¿en serio no puedo ser otra persona? ¿No puedo ser Pierre, no puedo ser Jean? ¿Cree usted de veras que no puedo convertirme, al menos, en Madeimoselle Fifi? Haría mi esfuerzo más intenso para actuar como una mujer, aunque no sería muy necesario, porque al ser mujer, no tendría que simular que lo soy. A veces quisiera transformarme en Pierrot, mi Pierrot, en el hombre de Marte o en el Padre Simón. ¿Está seguro de que no conviene que me lo permita? Tenga en consideración mi acuciante situación.

        ¿Leyó esa parte de la carta en que digo: “Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el cerrojo echado. A mi espalda, un grandísimo armario de luna”? Puedo aceptar esa cortedad de espacio con tal de respirar con otros pulmones una sola vez.

        ¿Cuántas veces recuerda uno, doctor, el día de su nacimiento? ¿Cuántas veces en la vida, lo peor, tiene que escribir esta carta para uno mismo el mismo día de agosto, todos los años, una vez y otra vez?

        Y ahora que me ha leído, doctor, dígame con toda honestidad: ¿estoy enfermo?


lunes, 4 de agosto de 2014

Virgilio

Edgardo Malaver

 

 

 

        Maximilian venía preparado para convencer a Therèse de escribir la pieza en francés. Lo que no esperaba era que ella lo sorprendiera en el metro. Apenas lo vio, le dijo:

        —Attends, mon cher Max, je crois qu’on doit changer à l’espagnol, tous ceux qui vont venir nous voir parlent espagnol, et ce n’est pas parce qu’ils soient tous cubains, il y a aussi des norvégiens, des américains, des japonais, et il y a encore les touristes argentins, péruviens et mexicains qu’y seront intéressés... Et pourquoi je te parle en français ?

        —Moi aussi je me le demande. Pourquoi ?

        —Je ne sais pas.

        —Et bien, parlons espagnol, donc.

        —D’accord.

        —D’accord.

 

* * *

 

        Maximilian y Therèse llegaron tarde a la oficina del director, pero este estaba ocupado, de modo que les concedió recibirlos. Les habló muy parcamente:

        —Entrez et asseyez-vous, s’il vous plaît.

        Los dos muchachos respondían siempre al unísono:

        —Gracias, profesor.

        —Qu’est-ce que vous désirez ?

        —Deseamos presentar una pieza de teatro en homenaje del profesor Piñera, aprovechando que está en La Habana, por su prolongada carrera de servicios a esta escuela.

        —Mais, M. Pignéra maintenant est au Cuba, vous le savez.

        —Sí, claro que lo sabemos.  Precisamente por eso queremos escribir, ensayar y presentar la obra durante toda la temporada, porque él no estará aquí para impedirlo.

        —Je vous répète, M. Pignéra n’est pas à Paris, et il ne serait content avec votre...

        —Lo sabemos, señor, pero no seríamos los primeros que hicieran este homenaje. El año pasado un grupo de tercer año lo hizo también y usted no se opuso. Ni siquiera tomó en cuenta que el año pasado el profesor Piñera no vivía en París y no trabajaba aquí.

        —L’année dernière un groupe d’étudiants a fait quelque chose de pareil, malgré le fait évident que Pigñera n’habitait pas à Paris.

        —Ni siquiera sabíamos de su existencia. Y mucho menos que fuera escritor ni dramaturgo. Lo que es más, ¿verdad, Maximilian? —¿verdad, Therèse?—, nosotros incluso acabamos de enterarnos de que Piñera existe. Unos amigos nos han ofrecido hace unos minutos averiguarnos el nombre de pila de... ¿Cuál era su apellido?

        —Mais, voyons, mes enfants... ¿Qu’est-ce que vous voulez faire ? J’avais imaginé que vous vouliez mettre en scène une pièce pour honorer le prof de théâtre latino-américain, M. Pigne...

        —¡No, profesor! ¡Jamás! Nunca haríamos semejante cosa. Lo que deseamos hacer es homenajear a nuestro profesor de teatro latinoamericano, Virgilio Piñera, presentando una obra...

        —Ah, mais voilà ! C’est ce que je ne vais jamais permettre. Ergo, vous avez mon appui le plus décidé et...

        —Disculpe, profesor, pero no es eso lo que queremos. Sólo queremos que nos apoye en esta iniciativa, aprovechando que el profesor Piñera está en Nueva York esta semana.

        —By the way, c’est qui ce Pignéra que vous mentionnez trois fois par minute ?

        —No lo sabemos, profesor, nunca lo habíamos oído nombrar.

        —Ah, très bien. Alors, nous sommes tous d’accord.

        —¡Gracias, profesor!

        —¿Comment allez-vous titrer la pièce?

        —Profitant que l’auteur est à Buenos Aires, la pièce n’aura pas de titre.

        —Magnífico. ¿Por qué escogieron ese título?

        —On ne sait pas. Nous ne sommes même pas étudiants de théâtre, nous ne sommes même pas en train de parler avec vous. Hasta luego.

        Se levantaron y se fueron.

        El director siguió trabajando.

 

* * *

 

L’ÉCOLE SUPÉRIEURE DE THÉATRE DE PARIS

 

presenta

 

Profitant que l’auteur est à Copenhague, la pièce ne va pas avoir de titre

 

no escrita por el dramaturgo cubano Virgilio PIÑERA

(pero que, mientras no regrese, simularemos que sí lo ha hecho si eso atrae más gente a la sala) para celebrar los 102 años de su nacimiento

 

Théâtre de la Colombe, rue de la Cage, 18-bis, 75029

 

4 de agosto del 2014, durante todo el día... y la noche

 

Entrada libre

 

* * *

 

        Al día siguiente, Maximilian y Therèse leyeron en el periódico:

 

Éxito rotundo estreno de obra teatral para Piñera

Pascale TIBOT

 

        Dos estudiantes de teatro de París han estrenado anoche una pieza para homenajear al dramaturgo cubano Virgilio Piñera (1912-79), con calurosa acogida del público, que no asistió al estreno.

        Los autores, que pidieron no ser nombrados para que no se les reconociera el inmenso mérito de haber mantenido el teatro vacío, totalmente vacío, durante todo el día de ayer, y se negaron firmemente a ser entrevistados. “Casi no lo podemos creer”, expresó Maximilian Rodríguez, uno de los dos estudiantes.

        Junto con su compañera de estudios en la Escuela Superior de Teatro de París, Therèse Rodríguez, Rodríguez agradeció lleno de emoción a todos aquellos habitantes de la ciudad que no asistieron al estreno.

        “Esto es un éxito inimaginable”, dijo Rodríguez (alguno de los dos), “es mucho mayor de lo que esperábamos. Piñera, si un día viniera a París y nos conociera y alguna vez tuviera la oportunidad de decírnoslo, estaría avergonzado por nuestra causa, y por esa misma razón, profundamente dichoso de vernos establecer este estruendoso precedente”.

 

Le Français, 5 de agosto del 2014, pág. 88

 

* * *

 

Profitant que l’auteur est à Johannesburg, la pièce n’aura pas de titre

Maximilian Rodríguez et Therèse Rodríguez

 

 

DRAMATIS PERSONAE

 

Maximilian        Maximilian Rodríguez

Therèse            Therèse Rodríguez

 

 

Profitant que l’auteur est à Pekin, la pièce ne va pas avoir de titre fue estrenada el 4 de agosto del 2014 en el teatro donde se estrenó.

 

ACTO I

 

El todo es comenzar

 

 

El acto trascurre en París. Dos estudiantes, Maximilian y Therèse, escriben una obra de teatro para homenajear a su compañero de estudios, Virgil Pignéra, que no tiene obra alguna de ningún tipo que lo amerite.

 

ESCENA I

 

En el principio fue el principio

 

 

El acto trascurre en París. Dos estudiantes, Maximilian y Therèse, escriben una obra de teatro para homenajear a su compañero de estudios, Virgil Pignéra, que no tiene obra alguna de ningún tipo que lo amerite.

 

Al subir el telón, Maximilian y Therèse están de pie, el uno al lado del otro (importa mucho quién se para a la izquierda y quién a la derecha, pero aquí no lo diremos), frente al público. Hay poca luz. Therèse inicia el diálogo:

 

 

THERÈSE.— ...

 

MAXIMILIAN.— ...

 

 

Fin de la primera escena

 

 

Fin del primer acto

 

 

FIN